Poema: Entre La Tiza y Mujer

Por Juan Fernández





Me enamoré de ella, como un infante perdido,
después de un baile alegre de pensamientos nublados;
su danza suave y delicada conjugaba verbos
en la corteza frágil de mis sentimientos
y caían hojas de otoño de los árboles más íntimos
de mi afanado intento de ilustración.

Su voz de perla corría por mi impasible piel,
como suave seda del lejano oriente, ella lo sabía y, además,
jugueteaba con sus más ávidas frases que ocultaban sus deseos,
creía yo, el ingenuo, ella, la más hábil de las expertas
seductoras, lo disfrutaba y sonreía.

Los demás la observaban con los mismos ojos de lujuria pueril
con que la veía yo, sus caderas trenzaban visiones
de ráfagas de vientos huracanados en mi cuerpo,
yo me dejaba llevar; ella, la guía versada,
usaba mis debilidades para lograr sus fines.

Sólo podía pensar en un millón de palabras indiscretas
para decirle cómo me sentía; pero en ese instante,
cuando casi tengo el valor de decirle mis más intrínsecos deseos,
sonó el timbre del receso y, por importante que fueran
cada unos de mis pensamientos, a mis once, mi vida está definida
por rebote de un balón y el sabor de un helado de fresa.