Siempre Retorno Los Viernes


Siempre retorno los viernes, aquellos de los veranos más cálidos, aquellos que nos dejaban respirar el sonido de los camiones de helados, todos corriendo detrás de ellos, cuando el calor se mezclaba con el rocío de agua fría de algún hidrante, como un regalo del cielo, brincando alegres con las bocas abiertas en una esquina cualquiera de mi adorado Manhattan. 

Siempre retorno los viernes, cuando nos sentábamos, callados, en los bancos del parque de mis viejos amigos, los gritos de los niños corriendo, sin pensar en nada, jugando, simplemente, a hacer ruido. Recuerdo más que nada las largas conversaciones sin sentido de un grupo de soñadores dominicanos. El caminar lento de pasos pesados, el sudor de adolescentes calurosos, la búsqueda de lo incierto, las travesuras, el amor, de aquellos viernes lejanos.

Siempre retorno los viernes, cuando mirábamos las calles cambiar de colores, la transformación, lenta, de la melanina en las calles de mi aldea querida. Recuerdo el silencio de los inviernos fríos, los adoquines resbaladizos, los pequeños charcos de agua, negros y helados. Recuerdo el despedirse triste de las hojas de otoño y la algarabía incontrolable de las bulliciosas primaveras, el cantar de las flores y las melodías de los pájaros.

Siempre retorno los viernes, cuando caminaba mudo con mi abuelita de mano, mirando, por muchos años, el cambiar perpetuo de los trenes, los autobuses de mis amigos, cambiando, repletos de entes extraños. Recuerdo cuando se fueron los últimos judíos, los irlandeses y cuando se fueron los cubanos. El vacío del aporte de sus culturas, hoy tan extrañadas. Despacio fuimos cambiando.

Siempre retorno los viernes, cuando las banderas tricolores empezaron a colgar de las ventanas, sus cruces blancas ondeando orgullosas y entre los recuadros, azules y rojos, un merengue apambichao, romo, dominó y muchas jóvenes embarazadas. La droga entró por la puerta grande y se quedó de vecina permanente. El cambio de los ritmos a cadencia afrocaribeña, con el pasar de los años, los cigarrillos a escondidas se convirtieron en hookahs en las calzadas. Las miradas alegres se fueron perdiendo, los saludos se fueron convirtiendo en puñaladas. Nos están matando los hijos por simples pendejadas. 

Siempre retorno los viernes, de tantas décadas pasadas, el gritar de los niños convertidos en el llanto de las madres, sus hijos muertos o encarcelados, los equipos de baloncesto convertidos en gangas, el camión de helado ya no se quiere parar en mi esquina y en las piernas no tengo los músculos de antaño. Las banderas reemplazadas, miles de ventanas cerradas, muchos recordamos cada vez que despedimos otra familia dominicana, que se iba a enterrar algún vecino asesinado. Despacio nos fueron cambiando. 

Siempre retorno los viernes, mi vecindario volvió a convertirse en lo que era cuando llegamos, repleto de caras pálidas cubiertas de expresiones extrañas, ya no es mi vecindad. Las ciudades son como seres vivientes, se retuercen con el dolor y engordan con el tiempo, en sus largas vidas ven los cambios y solo sonríen. Nos ven caminar como dueños y luego nos despide como invitados. Somos parásitos temporarios en los intestinos de lugares extraños.

Siempre retorno los viernes, a aquellos viernes de antaño, caminando con el corazón en mis manos, buscando en las entradas de los edificios de la gran manzana, la sonrisa perdida de mi juventud olvidada. Busco en los rostros de los nuevos ocupantes la pasión con que corrimos en las aceras y jugábamos en las escalinatas. Los adoquines hoy cubiertos de asfalto. Los parques llenos de latas vacías, basura y la porquería que algún perdido arrebata.

Siempre retorno los viernes, hoy retorno con mis ojos cerrados.

Espacios Oscuros


Dejamos, desgarradas, migajas de nuestras almas lesionadas en las gotas de nuestras tempestades, en la fina arena de nuestros más estériles desiertos, esperanzados que se curen con anhelos y un poco de olvido, aunque tengamos que fabricarlo de los huracanes que nacen en los archipiélagos de cientos de pensamientos inmorales.

Olemos, sin saber cómo, las fragancias dulces, sabor a vainilla, de nuestros orquestados quiméricos amores, palpitando entre las tinieblas amargadas de nuestras destrozadas aprensiones. Somos víctimas preferidas de un cupido que derrochó, hace muchos, sus flechas y hoy sólo caza corazones perdidos.

Somos óleo y acuarelas, mezclas, muchas veces, sin sentidos, derramadas en las pinturas que mostramos al mundo, para sentirnos que tenemos sentidos, conjugando, en el arte rupestre, nuestras irremediables existencias. Lienzo que colgamos en las cavernas donde almacenamos nuestras diversas experiencias coexistidas, quizás, otra vez, con un poco de olvido. 

Somos actores improvisados, sin guiones, en la completa oscuridad de nuestras mendigas líneas. Titeres y arlequines, pantomimas de paredes que derrumbamos y escarmientan. Mediocres en actuaciones de nuestras magistrales mentiras. Actores mecánicos de obras corrientes e insensibles.

Se desintegran nuestros espíritus y los reconstruimos con deseos de ser más que lo que piensan los demás que fuimos, buscando ser parte de algo libidinoso, psíquico o divino. Caminamos como dioses en un mundo de peregrinos, sin dejar huellas en el camino. Arrastramos los talones mientras corroemos nuestros pulgares en la vía. 

Estamos carentes de designios, sin cuajar los más sencillos objetivos y reímos como si fuéramos capaces de hacer algo que ni siquiera entendemos, ni hemos decidido, ilusos rehenes de nuestras vidas sin destinos. Pecadores e impenitentes de tantos sinsabores. Preferimos la salida más cercana, cuando el crecer está en el aprendizaje de enfrentar nuestros errores. 

Somos sombras en las luces de tantas vidas, jugamos a las escondidas con nuestros más cercanos amigos, convirtiéndolos en refractarios, creando el estorbo desde adentro. Nos colgamos títulos en el cuello que compramos con ofrendas. Nos convertimos en líderes de nuestros enemigos y queremos llegar al ruedo. Usamos nuestras falsas sonrisas como viaductos colgantes de escarmientos y nos quedamos en el aire con el desplome de sus cimientos.

Decoramos con las pieles de nuestras víctimas las historias que mostramos en nuestras verbales vitrinas. Funestos en adulaciones, serpientes venenosas, privados de alguna doctrina. Somos miradas perdidas en el silencio que existe entre falsos seguidores de nuestras vacías contiendas. Nos enfocamos en nuestras metas sin importar cuantas almas aplastamos en la rienda. 

Somos mártires de nuestros propios flagelos, sangramos mientras tomamos licores y vinos, dibujamos con la sangre las caretas de nuestros circos, fingimos ser capaces, cuando siempre vivimos confundidos. Se nos pierden nuestras promesas en el horizonte de la oscuridad del túnel que cavamos nosotros mismos. La luz que divisamos al final de hoyo que profundizamos, es el faro del tren aplastante de otro maldito que viene arrastrando más promesas y condenas. 

Somos cadenas de centenares de clavos crucificando, sin piedad, nuestros procreados cristos. Oramos a escondidas a dioses desconocidos, esperamos que nos concedan deseos masticados por nuestras envidias. Predicamos los evangelios de nuestras religiones apócrifas, cimentadas en las coronas de espinas de uno que no castiga. Visitamos templos erigidos, como salas de magnos teatros, cuando el templo real lo desvestimos por unos dólares baratos. 

Prostituimos el cielo en besos infernales con clientes de domingos. Brindando limosnas, tratando de comprar perdones e indulgencias, buscando adquirir la paz que no fundamos. Caminamos detrás de promesas vacías, las defendemos como si fueran nuestras. Somos como las golondrinas, volamos en cielos desconocidos, tratando de elevarse solas, sin hacer grandes despedidas.

Nos empuñan el futuro, como si fuéramos insectos minúsculos e insignificantes, saboteando nuestras oportunidades de convertirnos en los seres celestiales que nacimos para ser en este mundo simple que opto por llamar mi cielo, mi infierno y mi purgatorio. Aquí cumplo todo lo mío. Nos sentimos cubiertos de libertad que no ayudamos a mantener y dejamos que nos la quiten. Quizás ni la merecemos.

Somos construcciones egoístas de diseños invertidos de pirámides que destruimos. El tiempo ha dejado de ser el profesor de nuestras vidas, nos deja envejecer, pero nada de cognitivo. Con él se nos van más fragmentos de nuestras almas y esperamos, quizás, otra vez, remediar con un poco de olvido.

Lamentamos, yo y mis cinco mil millones de bacterias, revelar lo que existe detrás del velo que te pusieron en este plano de anodinos. Si ya lo sabias, te felicito, ahora busquemos la salida. La ignorancia nos está matando la villa.

Ven, hablemos, ya somos dos que despertamos de esta loca pesadilla. ¡Piensa!, deja de buscar lo perfecto dejando escapar lo real y lo cierto. ¡Vive!, pero con los ojos abiertos. Detén el desgarre de tu alma en sueños y fantasías...lo real está despedazando el alma que te da razón de merecerte un respiro.

Luchemos, juntos, por un ideal.

No Celebraré este 4 de Julio


Este 2018 es mi 51vo 4 de Julio, quizás no recuerde los primeros tres, pero recuerdo del cuarto o quinto para acá. Este es el primero que me siento a reflexionar,  he celebrado, personalmente, con carácter de júbilo por lo menos 40 de ellos. Este 51vo sólo lo voy a conmemorar, no porque no esté orgulloso de mi nación, soy de aquí tanto como soy de allá, pero he perdido mi centro, quizás por la edad.

Según pasan los años me he vuelto más escéptico, más preguntón, más crítico, hoy celebro las cosas que entiendo hacen bien, y conmemoro las que suceden por el simple hecho de las fechas, creo que aprendí eso, a la perfección, cuando conmemoré la muerte de mi madre este año. ¡Cero razones para celebrar!

Así, como la muerte de mi madre, conmemoraré el logro de mi país por independizarse de los ingleses, pero cuestiono cuando se independizarán los esclavos internos que retenemos, las mentes encarceladas por ser diferentes.

Me pregunto como celebramos la independencia de mi país cuando hemos matado 26 ciudadanos americanos, este año, sólo por ser transexuales. Me pregunto como vamos a celebrar las muertes brutales de nuestros jóvenes, mientras no podemos invertir tiempo, recursos e intelecto en crear alternativas educativas, culturales y deportivas para que nuestros niños crezcan sin el deseo de asociarse en pandillas.

Este será el primer 4 de julio, en muchas, muchas décadas que no tomare una fotografía de los fuegos artificiales, conmemoraré, en silencio, que estoy en el país, que pudiendo cambiar el mundo, no lo hace. Conmemoraré mi respiro, en la paz de mi alma, reflexionaré de cómo, cuándo y porqué somos, como nación, tan atrasados, ignorantes e insensibles.

Nos estamos matando nosotros mismos, pero no analizamos quiénes ganan mientras nuestras comunidades pierden, siempre hay un ganador de las miserias de los demás, pero no nos importa si no lo dicen las redes sociales. ¿Cómo celebrar independencia si la mayoría no lo somos? 

Hace tiempo que dejé de celebrar lo que no entiendo, somos el 6to país del mundo con más muertes violentas, más de 17,200 el año pasado, somos como el 90vo en ranking mundial, per capita, pero los 25 primero no llegan a 10 mil, así nos disfrazan los números, yo soy un experto en estadísticas, así contamos mentiras y disfrazamos conciencias.

Conmemoro el nacimiento de mi nación, la que me vio nacer, pero no celebraré, nunca más, en lo que nos hemos convertido, no celebraré los 4 de julio, por lo que dejamos de hacer, por donde y en que usamos nuestros recursos, por el irrespeto que le tenemos a todo lo que, en nuestros ojos cegatos, no es normal.

Volveré, ojalá que si, antes de mi muerte, pues en mi ignorancia lo disfrutaba, a celebrar el 4 de julio, cuando vea un presidente luchar por la equidad y nuestro derecho a ser diferente, por lo menos, dentro de nuestra “gloriosa” nación.

Disfruta tú tu 4 de julio, yo le pediré perdón al mundo por la nación que parió. Estoy seguro que hoy no es día de júbilo para el resto del mundo.

Bueno, ya me cansé de oírme a mi mismo, celebra lo que tú entiendas debes celebrar, y disfrútalo...yo...mejor hablamos mañana.

El Pasar de los Años


Recuerdo, desde que tengo reminiscencia, mucho más allá de los años de mi inocencia, algunos ilustrados cismáticos, con gentileza, vociferaban, como maniáticos, a toda voz, que éramos, sin lugar a dudas, el futuro más consistente de la nación. Pero nada pasó.

Pasaron los años, y con ellos la puericia. Llegó, sin melodías, aplastando confines, la valiosa, admirada y obstinada juventud, entonces, clamaban, que de nosotros emanaba el brío para lograr los cambios y en unos cortos años erradicar la dependencia de tiempos de incoherencia, desorden y desconcierto. Pero nada pasó.

Entre remembranzas sutiles pasaron décadas y detrás del sudor de maquinarias o teclas, llegó la madurez, las tarjetas de créditos, los dolores de coyunturas y las proles, razones de vivir. Entonces dijeron que, sobre nuestros hombros, así, sin mucho asombro, descansaba el presente, (¿y no éramos el futuro?), pero que no debíamos parar de laborar, comer comida chatarra y tomar gaseosas para ser parte del sueño de la urbe podrida. Y así, sin mucho pasmo, nada pasó.

No recuerdo si en esos años escogimos, ayudamos a escoger, o escogieron por nosotros, sé que no nos escogieron, aun siendo el futuro, pasaron los años mozos, nos llamaron, el génesis de la nueva nación, ¡mentiras!, cicatrices de mil antojos, se nos secaron los sueños y se nos durmieron las penas, ahora la pantalla de un celular nos recuerda que somos arcaicos. Hoy sabemos que nada pasó.

Y repetimos el ciclo, somos el presente del futuro prometido en pasado casi perfecto, algo que estábamos supuestos a ser y no fuimos, no se cumplieron millares de promesas…y repetimos el ciclo en nuestros hijos, y aplastamos la juventud como si fueran sempiternos, hacemos las mismas vacías ofertas, cargadas de tantas perezas, y repetimos el ciclo de un millón de ofrendas. Y una vez más, nada pasó.

Ahora el bastón da la firmeza, a la izquierda el niño llora, el joven a la diestra, lleno de mugre se desespera, me pregunto cómo saldrá el futuro de la jaula de nuestras creadas miopes proposiciones de un futuro incierto. 

Paremos el ciclo; eduquemos, liberemos y confiemos. 

¡El futuro que nos prometieron es hoy! 

La Macana de Tontón


Cada verano mi familia y yo íbamos a visitar nuestros parientes en Pueblo Viejo, un campito en el municipio de Cutupú, en La Vega, en la falta del Santo Cerro, pincelado por las ruinas de La Vega Vieja. Los dos meses del verano eran para mí, y mis hermanas, Fathima y Paola, un reencuentro con la sangre, con la historia, con nuestras raíces. Nosotros nacimos en Nueva York, en un campito de Manhattan, Washington Heights, pincelado por las ruinas de las casas de Hamilton y Morris-Jumel. Para nosotros Pueblo Viejo era un paraíso y un escape del ruido y la contaminación de una gran ciudad.

Corría, más caluroso que de costumbre el verano del 1984, julio prometía una de dos cosas, o derretirnos en el pavimento de la vieja carretera Duarte, que une a La Vega con Moca, o simplemente evaporarnos mientras jugábamos baloncesto en el terreno que teníamos los dos aros destartalados, en el patio de los Polancos, a unos metros del puente del riachuelo Medranche.

Cuando llegué a la cancha, el olor de los cafetales invadiendo mis sentidos, los demás no estaban jugando, sino que estaban sentados sobre un tronco hueco de una palmera recién cortada. Todavía se podía oler el verdor de las grandes hojas recién caídas.

- Luis me dijo que Don Tontón puso “la macana” en una repisa en la sala, - dijo Vicente Óscar, el hermano de mi prima Justina.

- Dicen que por esa macana los americanos casi matan a Don Tontón cuando era joven. – todos hicieron una pausa y me miraron.

- ¿Qué, ahora ustedes van a decir que yo soy un gringo? – dije rápidamente para defender mi orgullo tricolor.

Por horas escuché cientos de anécdotas sobre como Don Tontón había sido victima del imperio, obviamente los padres de estos campesinos, mis primos, hablaban por las bocas de sus hijos. Félix, el hijo de Mami Teté, era el mayor de grupo, y quizás el más conocedor de todas las historias de campo.

- Tontón fue apresado por los gringos, - me miró con la esquina del ojo y continuó, - después de que le diera una “pela” a todos con su macana.

Me puse de pie, conmigo todos los demás, miré hacia la vieja casita de Don Tontón, algo me llamaba, estaba diagonal a la cancha, al cruzar el puente del Medranche. La cancha estaba al lado de la vieja casa de Niño Facunda y mi abuela Edita. Yo tenía que ver el garrote con mis propios ojos, tenía años escuchando cuentos de las mentes fértiles de mis primos, y ahora quería saber la verdad. Este cuento de la macana no me iba a dejar con curiosidades. 

Los trecientos metros para llegar a la casita fueron eternos, los pies se me hacían pesados, como si estuviera caminando en el fondo del mar con zapatos de plomo. Mis primos me decían que el viejo me podía matar con solo verme, que sus ojos grises me podían congelar los pasos, que el humo del cachimbo me podía endrogar y así matarme lentamente, que sus perros eran demonios, que me iba a dar de comer a los puercos infernales…pero ya no me podía detener, a mis 16 años no le temía a nada, ni a nadie. 

Cuando entré por el portón de la alambrada del frente, los primos se detuvieron, los perros solo se vieron entre sí, perplejos, sus lenguas casi topaban el suelo polvoriento de patio. En la galería de la casita estaban descansando dos perros más, uno de ellos me olió, pero continuó reposando el calor del castigador verano. 

La sala estaba a oscuras, las persianas estaban todas cerradas, y como la casita era encajonada, no entraba ni un rayito de sol. Me tomó unos minutos ajustar la vista, en el aire se sentía un leve olor a tabaco y manzanilla, un ligero humo flotaba entre la oscuridad y la luz que entraba por la puerta, se movía como si fuera un fantasma, mi oscura sombra en el piso de cemento amarillento parecía luchar por su vida, mientras mis rodillas querían salir corriendo, como si fueran independientes de mis pantorrillas. El temor se abrazaba de mí y me susurraba al oído que nos fuéramos. 

A la izquierda de la puerta estaba la repisa, sobre ella, en dos horquetas de madera, reposaba, como si estuviera durmiendo, la macana de Don Tontón, respiraba espaciosamente. Podía oír voces que no entendía, palabras gritadas, otras susurradas, todas en mi cabeza, pronunciadas entre tambores; “Amapiye”, “Bejike”, “Bojití”…fue cuando vi el pequeño punto rojo del fuego de la pipa de Don Tontón.

- Dígame joven Juan, lo esperaba, - dijo en voz baja y arrastrada el viejo desde la oscuridad de la sala, - ¿Viene usted a tratar de robarse la macana?

- No, solo quería verla. – Las rodillas estaban en la galería, mientras el corazón lo tenía, con la sombra, en el suelo. Luchaba por controlar mi vejiga.

- ¿Sabe usted lo que es una macana? – dijo el viejo, mientras de ponía de pie.

- Si, un garrote de madera, - las palabras se agarraban de mis dientes por miedo, y la lengua estaba a punto de salir corriendo.

- No, joven Juan, no es un garrote. Un garrote es un palo cualquiera, una macana es un arma de guerra taína. – el viejo Tontón caminaba lentamente en la oscuridad, como un espíritu, yo no lo podía ver, pero seguía el punto rojo de su pipa. – Una macana esta diseñada para, en las manos correctas, infligir dolor y matar.

Tontón siguió acercándose a la macana, yo no me podía mover, el viejo era unas pulgadas más alto que yo, pero cuando enderezó la espalda, en la sombra, pude ver la estatura real de aquel enorme hombre. Sus hombros eran anchos y muy fuertes. Al soltar el bastón agarró la macana, yo di un paso atrás. Por la luz que entraba por la puerta podía ver como se movía la macana, giraba en sus manos, brazo y cuello como lo hacían los artistas marciales en las películas, en uno de los movimientos la macana quedó en el aire, como flotando, y el viejo Tontón se deslizó por el piso, como una serpiente, hasta quedar frente a mí, juro que su rostro había cambiado, era el rostro de un joven, negro, pintado con colores y plumas.

Cuando intenté salir corriendo su cadavérica mano me agarró por la parte de atrás del cuello. Sentí como perdí toda la fuerza y cuando abrí los ojos estaba sentado en una mecedora con la macana en mis manos. Era diez veces más pesada de lo que esperaba, su color rojizo era poco natural. Mis primos me gritaban desde la carretera, tiraban piedras al techo de zinc, pero no me podía mover.

- Joven Juan, usted sido el primero, después de mí, al que la macana le habla, - dijo Tontón mientras se sentaba, – las palabras que usted escuchó en su cabeza son taínas, yo no entiendo como trabaja, pero yo las puedo escuchar también. ”Cinato”…”Alima”…”Jucaro”…¿las escuchas?

Afirmé con la cabeza y recuerdo repetir…Ju…ca…ro.

- La macana demanda sangre, fue tallada siglos atrás por un bejiké de la tribu de los Kalinagos del cacicazgo de Maguana, en los tiempos de Caonabó. Eso me contó el viejo que me la entregó antes de morir, a mi me toca dejar este mundo en los próximos días y la macana lo escogió a usted para continuar su travesía, – el viejo se acercó un poco más, el humo de su cachimbo llenaba la pequeña salita…cuando desperté estaba en un carro, con mis hermanas, camino al aeropuerto.

“¿Ba’ anake?”, susurró a mis oídos la macana. “¿Por qué tú?”. Me tomó años entender todo lo que había pasado. Por el resto de aquel verano, me contaron mis hermanas, no me despegué de la macana. Don Tontón me contó cómo había caído preso por herir unos americanos que trataron de apresarle injustamente, y que trataron de tocar la macana, que esto nunca debía pasar, nadie debía tocar la macana.

Con los años entendí el símbolo sagrado de la macana, la identidad de mis raíces, el sagrado compromiso patriótico que representaba, de cómo la sangre de tantos que habían tratado de exterminar a nuestra gente le daba el color rojizo que tenía. La macana aun me habla, cada vez que escuchamos una injusticia, una injuria contra nuestra gente.

La macana está guardada en una gaveta de mi escritorio, aquí, donde escribo, ella pide sentido de vida, yo me alimento de ella para buscar encender la llama en unos cuantos de los míos. Aquí, aunque estemos tan lejos del grito de nuestros indígenas, aquí, mientras escuchamos planes absurdos de unificación de la isla, aquí, mientras escuchamos como imbéciles terminan con la vida de una Anacaona taína, aquí, mientras lloramos cada niña violada, aquí, mientras despacio se nos hunde la isla. Lloramos.

La macana pudiera ser la solución, es más, quizás deba hacer un viaje, cerrar los ojos y dejar que ella me indique que hacer, estoy seguro que antes de que alguien se queje, miles agradecerán lo que podríamos hacer juntos, quizás la solución está en la violencia, pero guardo la macana en mi gaveta y hablo con ella y vemos el efecto de la lectura y la esperanza en cada libro. 

La macana demanda sangre, hoy la entiendo, pero yo, en su nombre, demando educación y justicia.

Polvo del Adiós

Juan Fernández © 2018

Esculpimos con nuestras uñas, al desnudo, héroes y heroínas de leyendas inventadas en novelas, pobremente construidas, peor que fábulas de niños, que compramos, detrás de un millar de sucias vitrinas. Las extenuamos, y oramos ante ellas, como estatuas del descuido.

Somos el producto ciego y monocromático de miles de oxidadas doctrinas, estropeadas por nuestras desidias, que se vencen apresuradamente con el tiempo y llevamos, como esclavos, colgando, innecesariamente, en el pecho, nuestras vidas. Cruces que no merecemos, y hace tiempo que se convirtieron en ritos que no entendemos. Oramos a un dios que inventamos hace tiempo, el dinero.

Despertar de tantos sueños, nuestra única iniciativa, en un mundo de tinieblas, no hacer nada es dejarnos arrastrar por demonios, que inventamos también, al abismo. Tomamos libertades, como si fuéramos golondrinas, nos creemos libres, y los dioses nos dejan volar, y nos perdemos en el viento, entonces entendemos que dejamos de vivir entre los siete colores del arcoíris, y nos arropan las nubes, y las prisiones esperan. Castigados por nacer en el lado equivocado de alguna frontera.

Se nos va el tiempo, así, en mazamorras creadas por nosotros en nuestros sentidos, recubiertas de tarjetas de prestigio, ¡mentiras!, precipitándose al despeñadero de nuestras luchas y nuestras riñas inútiles, escondidos detrás de escudos de pixeles. Hace siglos que dejamos las espadas, perdidas entre lobregueces, cuando nos creíamos invencibles. Hoy pagamos el precio de nuestros descuidos en nuestros hijos.

Entonces descubrimos nuestra luz, al punto de nuestra muerte, al otro lado de nuestra mente, encerrada en un jarrón de cristal, atrapado en hoyo que nos hicieron en el pecho, al lado del corazón, el que vendimos por una visa, perdido entre las costillas de una vida a punto de ser olvidada en un féretro de cartón, encerrado en una bolsa negra, que se pierde a unos seis metros debajo de la lápida de nuestras patéticas existencias.

Caminamos como si fuéramos gente…hace tiempo que sólo somos parte de una maquinaria de algún magnate que domina nuestras mentes, saltamos si eso quiere, reímos si se ríe, caminamos junto a él o ella como si fuéramos iguales, dejamos de besarle los pies, sólo, quizás, para ajustarnos los lentes. Nos miran por encima del hombro para que retornemos a mimar sus juanetes.

¿Ahora qué? ¿Volvemos al mismo trajín antes que nos saquen los ojos y nos pateen en los dientes?

Ayer oí hablar de educación en alguna institución, la real cárcel de la mente, nos dominan por ignorancia y nos escarmientan por ser valientes. Necesitamos cinceles que no ayuden a eliminar las paredes donde nos encierran. Ven camina conmigo, moriremos, estoy cien por ciento seguro, en el intento…pero no hacer nada nos convierte en polvo, ahora mismo, que se pierde en el tiempo.

Y así, como si no fuéramos nada…nos perdemos.

¡Adiós!


Vuelo Reprimido: La Jaula

Juan Fernández © 2018

Nos sentamos, como infantes, ciegos, sordos y mudos, en nuestras jaulas metálicas cubiertas de estiércol, construidas por barrotes de nuestra propia ignorancia, inhábiles de prender vuelo.

En las noches nos ocultamos de la penumbra, por temores impuestos por serpientes que se arrastran. En el día le tememos a los halcones que vuelan sobre nuestros nublados cielos, reyes sin castillos, perpetuos invasores de nuestras conciencias, ladrones de nuestros sueños, vendedores de promesas que sabemos que no podrán nunca cumplirnos. No cortan las plumas de nuestras débiles alas, nosotros atrofiamos nuestras alas con cada boleto que echamos irresponsablemente en las urnas.

En un futuro cercano tendremos la oportunidad, una vez más, de pararnos en el borde de la jaula, abierta o cerrada, por un candidato u otro, tu conciencia será el viento que te mantenga a flote o te desplome, saltaremos al vacío, en el proceso cerraremos los ojos y abriremos las alas, viviremos para contar la historia, o los gusanos se multiplicarán en nuestros cadáveres en el fondo.

Cada paso que das inconsciente en tu jaula, te mantiene prisionero de tu propia ignorancia, naciste en un huevo, igual que todos los otros pajaros, pero tu deseo de crecer, de echar tus propias plumas, te definen.

¡Vuela, dominicano, vuela, que buitres esperan para alimentar a los suyos. Al final, la jaula eres tú!

Entre Tormentas

Juan Fernández © 2018

Creamos tormentas de sentimientos con nuestros pasos de vientos, dejamos huellas en la arena de cristales que rompemos con nuestras decisiones, ajenos del todo, conocedores de nada, contadores de pétalos y creadores de firmamentos. Nos convertimos en huracanes en el cielo de los planetas que compartimos, por breves instantes, con otros que luchan por tejer los lienzos de sus existencias.

Somos dibujos animados en la película psicodélica de la vida que criticamos de algún adolescente que repudiamos, nos convertimos en cicatrices en sus rostros perfilados en redes antisociales, dictadores idealistas de reglas irrelevantes, nos esfumamos, y nuestras huellas en la arena se pierden con el golpear constante de olas del olvido y la ignorancia, no logramos nuestros objetivos, se nos pierden los genes en cárceles que construimos con los sueños de nuestros jóvenes y los gusanos transforman nuestras moléculas en polvo en los cementerios de nuestras propias desgastadas ilusiones.

Gastamos el tiempo decorando nuestras tristezas, base de colores pálidos que ocultan el desespero, colores pasteles para aparentar estar llenos de vida, mascara y pintalabios que nos resalten la vida, fusión fortuita de lágrimas y pesadillas que nos cubren las pelucas y las fajas apretadas en las costillas. Jugamos a ser tormentas, y no llegamos a ventarrones, nos perdemos entre las hojas secas que arrastramos en el polvo de nuestros pueblos fantasmas.

Caminamos solos…entre tormentas de sueños.

Pasos en el Viento


Vivimos, creemos, como parte de un plan divino, o escogemos la vida que creemos debemos vivir, muchas veces marcados por las limitaciones de miles de mentes aturdidas que creen entender lo que debemos hacer. Miopes de visiones restringidas. Parece que no existe forma de hacer ambas a la vez, nos dieron la vida para vivirla y muchas veces nos perdemos en el amanecer, o nos dormimos en el ocaso.

Caminamos toda nuestra paradójica existencia buscando trillar un camino que no existe, removemos miles de piedras de la acera y se nos olvida el peñón enorme en la mitad de la carretera, arrastramos las huellas de otros andares que se nos cruzan en el sendero, y no nos liberamos de ellos, vamos dejando banderines en la vía, esperanzados de que otros puedan ver que una vez existimos, y nos exterminamos entre pasos que no terminan, diluidos en líneas pintadas en rotondas de memorias interminables.

Vamos dejando pedazos de nosotros entre los mojones que marcan nuestras sendas, retazos deshilachados por el viento, pequeños vestigios de nuestro destino, luchamos contra aire y marea, nos perdemos y al final encontramos, en el aire, el olor de nuestras viñas, maldiciones o bendiciones del paraje que escogemos en el universo de nuestras almas perdidas. Construimos castillos en el polvo fino de nuestras estrellas y las olas nos dispersan en la arena.

En el camino conocemos almas que nos acompañaron por unos pasos, entre ellos diosas y mendigos, damas y caballeros, sembramos y arrancamos flores del jardín de muchas vidas, y se nos secan los ríos, y se nos caen las hojas y no nacen cicatrices, como si fueran raíces de árbol de muchos frutos exóticos, alimentamos hambres eternas en otras hortalizas sucumbidas, somos el mapa vivo de un millar de historias que nunca contamos, cartógrafos experimentados en costas y montañas de continentes perdidos, matizados en espíritus de otras vías lácteas, ínfimas en la inmensidad de nuestra almas complejas.

Mis zapatos no son nuevos, pero son míos, mis historias, o historietas, no son únicas, pero son mías, mis caminos son trillados, pero son míos, mis pasos…si, siempre míos. Hoy caminaré el paso que quiero dar, el de mañana será, desde luego, también mío. Voy dejando el polvo de mis días en el camino, arrastrado por el viento célula por célula en el camino.

Aún No Es Tiempo

Juan Fernández (c) 27 de febrero 2018

Si exiten azules moretones en las costillas y ojos de un niño maltratado y sus hermanitas se esconden de un abusador desalmado, aún no tenemos la protección divina de Dios.

Si creemos que el blanco es mejor que el negro y no hemos aprendido a disfrutar de la rica gama de melanina que cientos de culturas depositaron en nuestro suelo, aún no sabemos ser Patria.

Si el rojo de la sangre aún corre en las mejillas de las reinas y diosas de mi país y sus cuerpos son razón de irrespeto y velorios, y al día siguiente la olvidamos, aún no tenemos Libertad.

Si las blancas sonrisas inocentes de miles de adolescentes; bellas, capaces e inteligentes, aún son empañadas por viles proxenetas, que las venden abiertamente  y consumimos sus cuerpos como si fueran manjares, aún estamos subyugados a una esclavitud perpetúa.

Si los ojos despiertan rojos y cansados de cientos de niñas, que, sin ser aún adolescentes, cargan un niño en sus vientres, antes de empezar la intermedia, aún somos prisioneros en nuestras malas prácticas y sucias débiles mentes.

Si azules son las firmas en los documentos ilegales que expedimos a migrantes irregulares y por pocos pesos vendemos nuestras fronteras y nacionalidades, entonces no merecemos llamarnos, aún, hijos de Duarte, Sánchez y Mella.

Yo, este 27 de Febrero, conmemoraré el día, por el sacrificio que hicieron por mí, pero aún no puedo celebrar con fiestas y algarabía, porque yo sólo celebro la vida y las metas cumplidas.

Con gran pesar sólo comemoro las fechas de los duelos de cada mujer enterrada a destiempo; las perdidas, en manos de idiotas, que roban inocencias; y las fechas que causan tristeza a miles de personas indefensas que ponen en nuestras manos sus futuros y bienestar, y aún no les cumplimos.

Celebraré el día que bajo el cielo de mi Dios, mi Patria pueda gritar a toda voz que gozamos de la Libertad que soñaron los padres de mi nación y rescató Luperón.

El reto está aún por cumplirse, evaluaremos el próximo 27 de febrero.

Continuará...