Entre Tormentas

Juan Fernández © 2018

Creamos tormentas de sentimientos con nuestros pasos de vientos, dejamos huellas en la arena de cristales que rompemos con nuestras decisiones, ajenos del todo, conocedores de nada, contadores de pétalos y creadores de firmamentos. Nos convertimos en huracanes en el cielo de los planetas que compartimos, por breves instantes, con otros que luchan por tejer los lienzos de sus existencias.

Somos dibujos animados en la película psicodélica de la vida que criticamos de algún adolescente que repudiamos, nos convertimos en cicatrices en sus rostros perfilados en redes antisociales, dictadores idealistas de reglas irrelevantes, nos esfumamos, y nuestras huellas en la arena se pierden con el golpear constante de olas del olvido y la ignorancia, no logramos nuestros objetivos, se nos pierden los genes en cárceles que construimos con los sueños de nuestros jóvenes y los gusanos transforman nuestras moléculas en polvo en los cementerios de nuestras propias desgastadas ilusiones.

Gastamos el tiempo decorando nuestras tristezas, base de colores pálidos que ocultan el desespero, colores pasteles para aparentar estar llenos de vida, mascara y pintalabios que nos resalten la vida, fusión fortuita de lágrimas y pesadillas que nos cubren las pelucas y las fajas apretadas en las costillas. Jugamos a ser tormentas, y no llegamos a ventarrones, nos perdemos entre las hojas secas que arrastramos en el polvo de nuestros pueblos fantasmas.

Caminamos solos…entre tormentas de sueños.

Pasos en el Viento


Vivimos, creemos, como parte de un plan divino, o escogemos la vida que creemos debemos vivir, muchas veces marcados por las limitaciones de miles de mentes aturdidas que creen entender lo que debemos hacer. Miopes de visiones restringidas. Parece que no existe forma de hacer ambas a la vez, nos dieron la vida para vivirla y muchas veces nos perdemos en el amanecer, o nos dormimos en el ocaso.

Caminamos toda nuestra paradójica existencia buscando trillar un camino que no existe, removemos miles de piedras de la acera y se nos olvida el peñón enorme en la mitad de la carretera, arrastramos las huellas de otros andares que se nos cruzan en el sendero, y no nos liberamos de ellos, vamos dejando banderines en la vía, esperanzados de que otros puedan ver que una vez existimos, y nos exterminamos entre pasos que no terminan, diluidos en líneas pintadas en rotondas de memorias interminables.

Vamos dejando pedazos de nosotros entre los mojones que marcan nuestras sendas, retazos deshilachados por el viento, pequeños vestigios de nuestro destino, luchamos contra aire y marea, nos perdemos y al final encontramos, en el aire, el olor de nuestras viñas, maldiciones o bendiciones del paraje que escogemos en el universo de nuestras almas perdidas. Construimos castillos en el polvo fino de nuestras estrellas y las olas nos dispersan en la arena.

En el camino conocemos almas que nos acompañaron por unos pasos, entre ellos diosas y mendigos, damas y caballeros, sembramos y arrancamos flores del jardín de muchas vidas, y se nos secan los ríos, y se nos caen las hojas y no nacen cicatrices, como si fueran raíces de árbol de muchos frutos exóticos, alimentamos hambres eternas en otras hortalizas sucumbidas, somos el mapa vivo de un millar de historias que nunca contamos, cartógrafos experimentados en costas y montañas de continentes perdidos, matizados en espíritus de otras vías lácteas, ínfimas en la inmensidad de nuestra almas complejas.

Mis zapatos no son nuevos, pero son míos, mis historias, o historietas, no son únicas, pero son mías, mis caminos son trillados, pero son míos, mis pasos…si, siempre míos. Hoy caminaré el paso que quiero dar, el de mañana será, desde luego, también mío. Voy dejando el polvo de mis días en el camino, arrastrado por el viento célula por célula en el camino.

Aún No Es Tiempo

Juan Fernández (c) 27 de febrero 2018

Si exiten azules moretones en las costillas y ojos de un niño maltratado y sus hermanitas se esconden de un abusador desalmado, aún no tenemos la protección divina de Dios.

Si creemos que el blanco es mejor que el negro y no hemos aprendido a disfrutar de la rica gama de melanina que cientos de culturas depositaron en nuestro suelo, aún no sabemos ser Patria.

Si el rojo de la sangre aún corre en las mejillas de las reinas y diosas de mi país y sus cuerpos son razón de irrespeto y velorios, y al día siguiente la olvidamos, aún no tenemos Libertad.

Si las blancas sonrisas inocentes de miles de adolescentes; bellas, capaces e inteligentes, aún son empañadas por viles proxenetas, que las venden abiertamente  y consumimos sus cuerpos como si fueran manjares, aún estamos subyugados a una esclavitud perpetúa.

Si los ojos despiertan rojos y cansados de cientos de niñas, que, sin ser aún adolescentes, cargan un niño en sus vientres, antes de empezar la intermedia, aún somos prisioneros en nuestras malas prácticas y sucias débiles mentes.

Si azules son las firmas en los documentos ilegales que expedimos a migrantes irregulares y por pocos pesos vendemos nuestras fronteras y nacionalidades, entonces no merecemos llamarnos, aún, hijos de Duarte, Sánchez y Mella.

Yo, este 27 de Febrero, conmemoraré el día, por el sacrificio que hicieron por mí, pero aún no puedo celebrar con fiestas y algarabía, porque yo sólo celebro la vida y las metas cumplidas.

Con gran pesar sólo comemoro las fechas de los duelos de cada mujer enterrada a destiempo; las perdidas, en manos de idiotas, que roban inocencias; y las fechas que causan tristeza a miles de personas indefensas que ponen en nuestras manos sus futuros y bienestar, y aún no les cumplimos.

Celebraré el día que bajo el cielo de mi Dios, mi Patria pueda gritar a toda voz que gozamos de la Libertad que soñaron los padres de mi nación y rescató Luperón.

El reto está aún por cumplirse, evaluaremos el próximo 27 de febrero.

Continuará...

Estrellas Olvidadas

Juan Fernández (c) Febrero 2018

Éramos estrellas brillantes, cuando caminábamos solos entre los grises nubarrones, danzando dormidos entres las gotas frías del rocío. Soñando con ser libre patria, mucho antes de tener ombligo. Súbditos de un cruel imperio de estiércol, urea y rufianes.

Seres humildes de luz, tejidos entre cruces blancas de las muertes prematuras de titanes, cubiertos de recuadros de colores dignos de respeto y probidad, siendo pueblo antes de ser nación, aldea nacida de la sangre de un puñado de moceríos, sangrando por libertad. Muchos injustamente olvidados entre las tristes penumbras de nuestras inapetencias.

Subyugados por las armas de un colindante sin alma, convencido que éramos peones, en un mundo de reinas y plebeyos, en el cual se creían invencibles, perinolas de un puñado de ratas.

Por ignorancia se les olvidó que de las cenizas nacen ideas, y de un pueblo pisoteado nacieron tricolores ruiseñores, que nos mostraron la luz, las barras de sus calabozos se convirtieron en poemas y de las rancias mazamorras, canciones de autonomía. Cada nota una inspiración que despertaron una aldea que siempre supo ser una nación.

Siete generaciones después, nuestro terruño hoy alberga once millones de Duartes y casi tres de L’Ouvertures, nos vemos en los mismos sucesos de un siglo y tres cuartos atrás. Ser victimas ignorantes una vez es un error indocto del destino, serlo, neciamente, una segunda vez, es simplemente una estupidez.

No podemos abandonar el destino que no depara la historia, pero no podemos, nunca, aceptar humillaciones en nuestro suelo, ¡jamás!, no podemos cerrar los ojos, cuando la patria demanda lealtad.

La nación no engendra lo que no sirve, somos estrellas caminado entre las nubes, de nuestras cenizas nacerán los héroes que defenderán nuestra independencia, una vez más. Es casi tarde, dominicano, se nos hunde la isla.

Defiende nuestros símbolos, tú dominicano, como defiendes el pudor de tu madre. ¡Tú eres República Dominicana!

El Amor


El amor no germina en el corazón, es imposible, el corazón es un músculo, transcendental, si, pero sólo un músculo, incapaz de engendrar emociones, ni sentimientos. Este concepto es vetusto, de los tiempos donde no entendíamos bien nuestros cuerpos. Hoy sabemos que el reconcomio profundo del amor nace en el cerebro; en la ínsula y en el cuerpo estriado (striatum). Dos áreas del cerebro dedicados a convertirnos en pura deyección.

En mis cortos añitos, he podido experimentar el amor de muchas formas; el insuperable amor a los hijos, el de amigos, el que te hace enérgico, el que te confunde, el que te nubla, el que te deja tonto, loco y ciego…y desde luego, el más malvado, el que te vuelve una mierda. Todos productos de un cerebro que parece entender que, arrastrándonos por el piso, nos hace más fuertes.

Entre la ciencia y los poetas, la humanidad a dedicado más tinta y papel a este tópico que a todos los demás, irónicamente, quizás el segundo tópico es la guerra, lo cual nos hace, también, ser unos mierdas. Parecería que estamos destinados a eso, a sobrenadar en nuestros propios excrementos.

Cuando aceptamos nuestra realidad, que no importa lo que hagamos el amor va hacer de nosotros lo que quiera, cuando entendemos que sin importar de donde nazca, el amor nos dirige, nos da metas, nos saca los ojos para que podamos ver, entonces, en ese momento, nunca antes, se nos caen los límites y nos nacen alas, crecemos espiritualmente y nos convertimos en seres universales, aprendemos a sentir sin términos, a ver sin fondo y en ese momento, sin planificarlo, nos nace la vida.

Tú, quien lees este escrito, lo recibiste porque eres parte de algo especial, algo más grande que el producto de la oxitocina, algo más grande que nosotros dos, si has dejado que el amor guie tus pasos, entonces encuéntrame en el lugar donde sólo viven los dioses, en las nubes sentimentales que protegen el planeta y formula la paz.

Eres un ser de amor, eres más que células entrelazadas y miles de millones de bacterias, naciste de un ser de amor, del vientre de una diosa, heredaste un universo que flota en la materia negra y bella del amor. Eres la creación perfecta de Dios, o mutaste de las amebas, sin no crees en eso, pero estas aquí porque eres alguien, porque te necesitamos, porque cumples con un rol en este mundo ínfimo de emociones. 

¡Tú eres amor!

Gotas Sobre Las Amapolas

Juan Fernández (c) 2018

Por el Mes de la Herencia Dominicana

Caen sobre mi espalda, serenas, sin consideración, las gotas que rompen mis rocas, miles de sentimientos comprimidos en cada grano de arena, extracto de olvidos cubiertos de pequeños actos inconscientes, algunos productos de la ignorancia, todos castigos, coronas de espinas, ideas crucificadas en las mentes fértiles de los hijos de mi patria.

Nuestros mejores representantes deberían nacer cada día de los vientres de nuestras reinas, no de extrajeras, príncipes, futuros reyes, de un imperio forjado sobre los cadáveres olvidados de miles de sueños. Miremos al pasado y respetemos, por experiencia, pero no podemos continuar degradandonos al punto de que seamos menos que lo fuimos antes.

El reto es siempre mejorar. Once millones de almas pensando que las memorias de los tres fundadores es lo mejor que podemos dar, me rehuso a aceptarlo. Ancestros vestidos en sangre de banderas dominicanas, mientras criollos enarbolando la haitiana, ¡No!, ¡Que se hunda la isla! ¡Carajo!

Estamos, despacio, recreando nuestra historia, convirtiendonos, otra vez, en colonia. 174 años perdidos, sangre derramada en las amapolas de nuestras almas, gotas frías que rompen la piedra. Estamos forzando la patria a parir, otra vez, otro Luperón, que se tire nuestra soberania en su espalda. Muchos quisieran anexos. ¡A la mierda! Quiero que mis hijos hereden lo mejor de nosotros, mucho más que el suelo, quiero que hereden mi orgullo.

Nosotros somos la patria, donde estemos. Donde pongo mis pies se paran Duarte, Sanchez y Mella, conmigo, detrás de mí. Mis raices, mis herencias, mis costumbres, mi música y yo, forjando la patria que heredarán los míos. Gota a gota.

Quiero la visita de contribuciones positivas extranjeras, las negativas déjela en su tierra, no venga a dañar la nuestra, conmigo la historia no se repite, no conozco el miedo.

Y tú, dominicano, ¿qué vas a hacer hoy por tu patria?

Actor de Mi Muerte

Juan Fernández (c) 2018

En el Mes de la Dominicanidad

En las noches frias, como la de hoy, una más de un invierno maldito, lejos del polvo bendito, mientras otros se lamentan de dolores inciertos que llevan en sus bolsillos, visito mi tumba, una vez más, escucho la  música de mis costillas, sentado en la banca de cemento, al lado de la virgen de piedra, con su mirada repleta de tormentos. Sus ojos me llenan de pena.

Morí hace mucho tiempo, después de mucho sifrir, desgarros del corazón  de minutos y horas, agarrados, desesperados, del pasar de pensamientos e ideologias empalmadas en cerebros de dementes. Víctimas de las doctrinas de caciques sugeridos, impuestos, malparidos, víctimas,  ellos también, de la desnudez de sus ineptitudes. Sentados en tronos de cuchillos y lanzas, apoyados en las espaldas desnudas de la ignorancia de los míos.

Duermen mis sueños entre tarimas, actuando sin lamentos, por horas, las tantas obras que me demandaba la vida. Entre subir y bajar de cortinas. Mascarillas blancas de polvo y miel, jugando a crear pantomimas, para dormir las rosas con canciones de placer.

En la lápida de mi lugar de descanso rezan palabras escondidas, perdida entre recuerdos, en un cementerio frío de otros suelos, fechas que no coordinan, mi nombre no me define, ni perfila los cientos de sueños que nunca han de nacer y moriran conmigo. La mortaja, blanca, confundida con los huesos del esqueleto de mis mejores días, hoy convertida en tiras, trapos de otras épocas, completamente podridas.

Millones de lombrices procesan mi despedida, algunas visten sonrisas, como si fueran trofeos, sus vientres repletos de  excrementos, que piensan le llenan sus vidas de placeres y son lamentos. Víctimas de avaricia, consumidores de espiritus y las almas de los míos.

Abro mis ojos, asustado, en un espanto, la pesadilla aún tan viva, escucho la voz de algún buen hombre cantando el himno de mi patria, como una despedida, sus voz arrastrada entre las tumbas plásticas que decoran nuestro escenario, pienso que aún estoy vivo, en la lápida frente a mi veo el nombre de personaje; "Juan Pablo Duarte", no puedo contener las lágrimas, suben una vez más el telón y caigo de rodillas, las manos de mis compañeros me invitan a recibir los aplausos histéricos de los míos. Piensan que vieron una obra, yo viviendo una muerte.

Bajo las escaleras y con mis pisadas dejo el teatro y me adentro al mundo perdido de los míos, mañana actuaremos en la misma obra y visitaré una vez más mi tumba en otra de estas malditas noches tan frías.

No actúo, vivo.

La Niña


De todas las cosas que pude vivir en las cortas vacaciones que disfruté con mi familia en Pueblo Viejo, La Vega, una fue particularmente extraña, inolvidable, una de esas experiencias de la que uno quisiera hablar toda su vida, pero que los demás crearían que uno está loco. Los involucrados habíamos prometido no hablar de esto nunca y el silencio fue nuestro castigo por décadas. 

Aún hoy cuando veo a los primos, y eso que ya han pasado tantos años, casi 40, desde aquel eterno agosto, bajamos las cabezas y se nos salen las lágrimas. Pocos entienden el dolor que nos quedó para toda la vida, pocos se pueden imaginar lo que vimos, las marcas en nuestras almas, lo que vivimos, después del día que encontramos a la niña.

Ese verano conocí a Justina y a Vicente Oscar, los benjamines de Papá Chuchú y Nina Caridad, vivían al cruzar la calle de la capilla, en aquellos años la carretera tenía dos “policías acostados” frente al cuartel, los motoristas no se percataban de esto y nos pasábamos el verano con un botiquín en la mano. Desde la galería de la casa se podía ver el callejón de las ruinas y las tierras de Moncito Malares. Esa tarde de agosto del 1979 el calor era casi inhumano, si caminabas por la vieja carretera, el asfalto se te pegaba de los tenis. Fue cuando escuchamos el grito escalofriante de Jean Claude, el guardián de las ruinas.

Vicente y yo fuimos los primeros en llegar, vimos a Jean Claude sentado en el suelo con lo que parecía un cerdito lleno de lodo en sus brazos, el viejo haitiano se mecía de un lado a otro, y decía incoherencias en creole. Cuando llegó Justina se percató que no era un cerdito, el espanto nos dejó petrificado, Jean Claude tenía en sus manos el cuerpo inerte de una niña, cubierta de pies a cabeza de un lodo arcilloso, parecía muy pequeñita y frágil en los brazos del fuerte guardián.

Después de muchas súplicas Jean Claude dejó de gritar y se paró, fue cuando nos dimos cuenta que la niña estaba viva, movió un bracito y luego subió la cabecita, estiró su cuerpo y cuando abrió los ojos yo di un paso atrás, un ojo era verde, parecía brillar, el otro era marón claro, casi amarillo, color miel, con todo el lodo, los ojos eran lo único que podíamos ver con claridad, la parte blanca, la esclera, parecía de algodón.

Las lágrimas de los ojos del viejo guardián se podían recoger por cubos, no paraba de llorar, parecía una Magdalena, en una voz muy baja repitía sin parar, algo que no podíamos entender, pero sonaba como que le daba las gracias a Dios. La niña, aun en los brazos de su protector, dijo unas palabras que tampoco podíamos entender, no porque no lo escucháramos, sino, porque no era español. 

- “Ĝi ne estas tro malfrue”. - dijo la niña en una voz suave y delicada, mucho más grave de lo que debía ser para su edad.

Justina se la pidió al guardián, le tomó unos minutos al viejo entregarla, la niña, con toda la naturalidad del mundo, se acomodó en los brazos de su nueva protectora. Justina nos dijo que fuéramos a buscar a tío Fifín o a Simeón, el primo que le ayudaba, para que la revisarán, parecía que sangraba de algún lado. Cuando giré para despedirme de Jean Claude, este estaba de rodillas, en posición fetal, con sus manos tapaba su rostro, lloraba descontroladamente.

- “Dio estas kun vi bona homo”. - dijo la niña, entonces fue que el guardián lloró.

- ¿Qué dijo?, - pregunté, Justina y Vicente me respondieron con sus hombros, no tenían la menor idea.

Cuando llegamos al consultorio de tío Fifín, encontramos a Maritza, la hija, y a Nicolás su esposo, ambos doctores y fue como una bendición. Por el calor, el lodo se había secado sobre el cuerpo delicado de la niña, y parecía una estatua grotesca de los tiempos medievales, su pelo y su piel desnuda completamente cubiertas. Justina era sólo un poco más grande que la niña, ambas parecían sobrevivientes de algún apocalipsis.

Los tres doctores salieron a encontrar a la niña, y Maritza se la quitó a Justina delicadamente, sosteniéndola lejos de su cuerpo, la veía como un bicho raro, todos se quedaron mudos viendo la criatura, Maritza rompió el silencio, nos pidió que buscáramos una ponchera con agua y jabón, Justina buscó toallas y una camiseta para cubrirle en cuerpo a la niña.

Los adultos trataron de que nos fuéramos, pero nos rehusamos, nadie nos iba a mover del lado de la niña. En mi caso, no podía irme porque en mi cabeza no dejaba de escuchar su voz diciendo algo extraño, yo le veía fijamente, ella me miraba y sin mover los labios yo la podía escuchar;

"Via tempo venos", lo podía oír, casi como un susurro, repetido miles de veces en diferentes tonos, cada vez que me miraba lo escuchaba, ella se sonreía conmigo.

Cuando Maritza empezó a lavarle su delicado cuerpo empezó a llorar, según caía el lodo de su cuerpo se le podían ver cientos de cicatrices, como heridas de cuchillos. Su piel era de dos colores, negra rojiza, como la de los tainos, y un tono más tenue de un color, casi, olivo. Parecía vitíligo, pero no por falta de melanina. Maritza no paraba de llorar, alguien le había hecho daño a esta criatura, mucho daño, algunas de las heridas no se le habían curado.

Justina le explicó a Maritza como la encontramos y que la niña hablaba muy bien, pero no español. Jean Claude había llegado al consultorio, y la niña se había dormido en sus brazos.

- Ye le encontré en una hoyo de lodo en la paite atra de el torre de la ruina. - dijo el guardián mientras se mecía despacio para dormir a la niña. - Ella lloraba como ye le encontré, y todo su cuelpecito lleno lleno de lodo, mucho sucio, ella hable conmigo en esperanto, pero ye no hable esperanto.

Jean Claude explicó como la sacó del lodo y que la niña le había dicho algo que no entendía, pero en su cabeza, sin mover los labios.

- Me dijo "Preparu, nur kelkajn tagojn por veni", ye no sabo que ‘e, pero entendí “Preparu” y “por veni”. Cuando me hable ella sonó como con mucho dolor. – explicó Jean Claude.

- Jean Claude, ¿De donde salió esta niña, usted la había visto antes? – Le preguntó Maritza, y este le respondió negativamente con la cabeza.

Al llegar la noche los tres galenos estaban sentados en el patio de la casa de tío Fifín, Justina y yo estábamos sentados en el escalón de la salida de la casa, cerca de ellos, Nicolás había buscado un libro que explicaba lo que era el esperanto y había traducido lo que la niña le dijo a Jean Claude; “Prepárate, viene en unos días”. La noche fue larga, Maritza había acostado a la niña en una camita en el consultorio, fue en ese momento que se dio cuenta que las manchas del cuerpo de la niña formaban como un mapa, pero la dejó dormir, le tocó una vez más la frente, y estaba muy fría, igual que los pies, pero el torso, a la mitad del cuerpo, estaba caliente. Como doctora no podía explicar el fenómeno, pero tampoco podía explicar las heridas, la descoloración de la piel, la heterocromía, ni el pelo de tantos diferentes colores. Con todo y las cicatrices, la niña estaba en perfecto estado de saludo interna, pero la piel parecía un mapa lleno de imperfecciones.

- ¡La niñaaaaaaaaaaa! – fue el espantoso grito de Maritza que nos despertó en la mañana. La niña no estaba en la cama. Todos habíamos dormido en casa de tío Fifín, pues nadie quería despegarse de la niña.

A los pocos minutos la encontramos durmiendo debajo de una mata de zapote que tenía mamá Popo en el patio de la casa, al lado de la de tío Fifín, estaba otra vez desnuda, cubierta de hojas y como un millón de insectos sobre ella. Cuando nos acercamos los insectos estaban a su alrededor como si fueran guardianes, ella susurró una palabra; “Trankvila” y todos se fueron.

- ¿Porqué estas durmiendo aquí? – le preguntó Justina, mientras la sacaba de su lecho improvisado.

- “Jen mia vera domo” – le respondió en voz baja la niña. Nicolás, después de unos minutos tradujo, “Esta es mi verdadera casa”.

El cuerpecito de la niña estaba lleno de lodo, otra vez, y las hojas le cubrían como un vestido hasta las rodillas. Al llegar al consultorio, Maritza la bañó para curarle las heridas, pero ya todas estaban sanas, solo quedaban cicatrices. Esto era imposible, las heridas que ella curó ayer aun sangraban.

- Juan, ve a buscar al padre Polanco y al capitán del cuartel, - me instruyó Maritza, - Algo no está bien aquí y tenemos que asegurarnos que estamos haciendo lo correcto.

Salí corriendo, a los diez años no se camina, mucho menos en el campo, al cruzar el puente de Medranche el padre ya venía caminando, me dijo que una voz lo estaba llamando, como de una niña, que no sabía que estaba pasando, pero que tenía un sufrimiento en el alma.

Al llegar el padre Juan Polanco, la niña se puso de pie y lo saludó como si lo hubiese conocido de toda la vida, Juan nos dijo que conocía la voz desde sus años en Roma, cuando hizo el doctorado en geología, que escuchaba esa misma voz en sus sueños desde hacía décadas. Pero todos sabíamos que era imposible, la niña no podía tener más de tres añitos. Nos explicó que ayer, a eso de las cuatro de la tarde, exactamente la hora que Jean Claude la encontró en las ruinas, él había escuchado su voz que le decía que necesitaba su ayuda.

- “Multaj homoj mortos en la venontaj tagoj ĉi tie, ili ankoraŭ daŭras tempon”, - dijo la niña.

- ¿Por qué dices que van a morir muchas personas? – le respondió Juan Polanco. Nos explicó que aprendió esperanto en Roma para ir a evangelizar un pueblo remoto del sur de Turquía.

- “Mi povas senti ĝin en mia flanko” – respondió mientras se subía la blusa.

- ¿En tu costado? ¿Cómo? – le respondió el padre, mientras todos los acercábamos lentamente a verle el costado a la niña, debajo de las costillas tenía una llaga enorme. Maritza fue la primera en sorprenderse, la había revisado una hora antes y no tenía nada en el costado.

Con el pasar de los días la llaga le había crecido más y se movía lentamente desde el costado hacía el centro del abdomen. Una tarde, mientras Justina le ponía una crema en la llaga, notó que la niña tenía como un archipiélago en la barriga, muy similar a las islas del barlovento y sotavento, y en el centro del abdomen sus manchas parecían más grandes, similares a las islas de Puerto Rico, Cuba y la de Santo Domingo. La llaga le salió agosto 25, 1979 empezó a crecer cada día más, hasta ocuparle casi la barriguita completa.

- “Ili devas esti pretaj por via alveno, ĝi ne estos bona” – dijo la niña, mientras le sostenía la cara a Justina, en ese momento estábamos sólos con ella, un rato más tarde el padre nos tradujo la oración y sabíamos que algo malo iba a suceder, que algo o alguien iba a llegar y debíamos estar preparados.

Cada mañana teníamos que salir a buscar a la niña, sólo podía dormir en los matorrales, tratamos de encerrarla, pero nadie sabía como podía salirse. En una ocasión nos quedamos despiertos velándole el sueño y empezó a cantar, como si fuera el arrullo que hacen las palomas y en pocos minutos todos estábamos dormidos, la mañana siguiente amaneció durmiendo debajo de la mata de anacahuita en el patio de Nina Caridad, su cuerpo lleno de lodo y miles de insectos “bomberitos” le arropaban. Después de ese día simplemente la poníamos en la cama y orábamos que pudiéramos encontrarla al día siguiente.

El 27 de agosto, la llaga le ocupaba todo el costado y la mitad de la barriga, en la radio podíamos escuchar que una tormenta en el atlántico que había convertido en ciclón y se dirigía hacia las Antillas Menores. Ese día la niña se acostó en posición fetal y su cuerpecito parecía el mapa del planeta, las proporciones era distintas a las del mapa de papel, África, en la espalda, era enorme, y las islas, concentradas en su abdomen, estaban casi arropadas por la llaga. Maritza reconoció la isla de Dominica y cuando la llaga tocó la mancha la niña empezó a llorar, repetía sin parar;

- “Ne plu, David, bonvolu” – lo repitió 56 veces, cuando terminó de contar se desmayó.

Al día siguiente, mientras el huracán entraba a Puerto Rico, en Radio Santa María se escuchaba la desastrosa noticia de que habían muerto 56 personas en Dominica, y que la República debía prepararse para lo peor, el huracán David había entrado a categoría 5, y la llaga casi estaba sangrando, las alertas en toda la isla llegaron a su máxima, todo el país en alerta roja y la niña estaba a punto de morir. El 29 de agosto, a la 1:30 a.m. le grito de la niña fue desgarrador.

- “Fine, la plej malbona venis, multaj mortos” – dijo la niña en voz calmada. En la radio se podía escuchar al locutor anunciar que el ciclón David había tocado territorio dominicano.

- La niña dijo que habrá muchos muertos, - dijo el padre, con el rosario en las manos.

- Padre, ¿Qué es lo que estamos viviendo? ¿Esta niña es un ángel? – preguntó Justina mientras le pasaba una toalla por la frente a la niña para recogerle el sudor, aunque su cabeza estaba fría, sudaba mientras lloraba.

- No sé, no tengo explicación, ni de la ciencia, ni de la fe, - dijo el padre Polanco, sin subir la cabeza de la Biblia, - todo es posible para el Señor, mi Dios.

Cuando yo la vi, así envuelta en una bolita, llorando sin parar, su cabeza y sus pies siempre fríos, sabía que era…

La niña lanzó un grito infernal, los bombillos del consultorio explotaron, los frascos de las medicinas también, todos teníamos los oídos cubiertos con las manos, el padre Polanco estaba de rodillas orando, Maritza, Nicolás y tío Fifín trataban de acercarse a la niña, su espalda se estaba arqueando más allá de los normal, de sus ojos empezó a salir una luz cegadora, su cuerpecito frágil empezó a flotar y de la boca le salían mariposas, el grito se convirtió en un chillido tan agudo que todos los perros del campo empezaron a ladrar como si fueran lobos. Esto duró todo el día y parte de la noche…luego un silencio total.

- “Unu tagon ili ĉiuj pereos pro sia propra mallerteco, ni ne povos averti ilin ĉiam en tempo, miaj cikatroj resanigos sin, sed vi ne ĉiam havos la saman sorton. Mi estas parto de vi, vi estas parto de mi.”. – Fue lo últimos que dijo la niña antes de desmallar. Todos nos quedamos en total silencio esperando a que el padre Polanco tradujera.

- “Un día van a perecer todos por sus propias torpezas, no vamos a poder avisarles siempre a tiempo, mis cicatrices sanarán solas, pero ustedes no tendrán siempre la misma suerte. Yo soy partes de ustedes, ustedes son parte de mí”.

La mañana siguiente no pudimos encontrar a la niña, el ciclón había matado más de dos mil personas en toda la isla, ningunos en Pueblo Viejo, por instrucciones de Maritza, a través de lo que veía en la niña, todos habían protegido sus casas, sus ventanas y puertas, los de los campos aledaños se burlaban de ver mi familia protegerse de algo que no tenía sentido. A los dos días la isla parecía un campo de guerra.

Justina, Vicente y yo, duramos el resto del mes de septiembre buscando la niña, pero nunca más volvimos a verla, aun hoy, cuando voy a visitar mi familia, camino en las ruinas para ver si puedo verla, pero puedo escuchar sus gritos de dolor cada vez que escucho de algún desastre, alguna guerra, alguna matanza, alguna violación. ¡No entiendo el porque nos afanamos tanto por matar a la niña!

“...vi ne ĉiam havos la saman sorton ...”
"...ustedes no tendrán siempre la misma suerte..."

No Calles Más

¿Qué debe pasar para romper los invisibles inútiles códigos retrógradas del absurdo silencio de nuestros hombres?

¿Otra muerta innecesaria con dos tiros en la cabeza, o un cuchillo en la nuca, o ahorcada?

¿Tres niños huérfanos más con la madre enterrada y el padre detrás de las rejas?

¿Qué debe pasar para que los hombres acepten la responsabilidad de su negligencia y la estupidez del silencio?

¿Qué encontremos los brazos en una bolsa, las piernas en un matorral, el torso en un safacón y la cabeza nunca aparezca, de una joven que ayer estaba llena de sueños?

¿Qué te ata la lengua cuando sabes que un idiota está a punto de lapidar la madre de sus hijos?

¿Qué harías si fuera tu hija?

Te aseguro que el día que vayan a matar la tuya, tú no estarás para protegerla, protege esta, cobarde, para que un valiente un día proteja la tuya.

Estamos viviendo en el mejor tiempo de la historia del planeta y parece que los hombres hemos perdido el honor, dejamos que nuestras reinas sean maltratadas y simplemente cerramos los ojos, creo que es mejor que los pierdan.

Yo no quiero vivir con el cargo de conciencia de saber que mi vecina murió y yo no hice nada.

Hago un llamado a todo hombre a *no callar más*. Ellas no son asesinadas tras el primer maltrato.

*Por nuestro silencio están muriendo mujeres. ¡Basta!*

Me comprometo, con toda mujer, que haré algo para detener, de alguna forma, su maltrato.

-- Juan Fernández (Metas 2018)

Más Allá de Mis Pasos

Juan Fernández (c) 2018

Los pasos dados pesan, aunque apreciemos la grama verde entre los dedos, de la misma forma que cargan los discursos nuestros ánimos, dejan, los pasos, marcas en los pies que las huellas mismas desconocen.

Son como los péndulos que nunca rotan y el tiempo no se detiene, pesan los pasos en los pies despojados de esperanzas, que van dejando marcas en la arena de nuestros días más recónditos. Algunos arrastrados, otros que parecen dormidos, todos propios, leyendas de asuntos del olvido.

Las grietas en los talones no revelan la carga que llevamos cuesta arriba, ni las mejillas muestran las lágrimas salpicadas de castigos, el dolor deja vestigios en las nubes del cielo de nuestras vivencias, pero ya nadie sabe leer las almas, las grietas se han convertido en abecedario de lenguas perdidas.

Las oraciones conjugadas en nuestras caras, trazadas con frases escritas por cinceles calientes de miradas que califican y pretéritos que nadie olvida, casi pluscuamperfectos. Inútiles para las huellas en los senderos de nuestros recuerdos.

Las cicatrices en las espaldas relatan las historias del látigo que jamás perdona, pero, ¿cómo se miden los azotes emocionales dados por los puños de quienes empoderamos para ayudarnos a llevar la carga? Los espinazos espirituales de nuestra gente son mapas más complejos que los de Vespucio, con más carreteras, construidas en sangre, que las cimentadas por los romanos en piedra.

Podríamos escribir enciclopedias y no raspamos la superficie de lo vivido en estas tierras. Los estados son unidos en los lomos de las minorías. El látigo no descansa y al verdugo americano cada día le crecen músculos diseñados para el castigo. Su esteroide escondido en las urnas electorales, nosotros creyendo que tenemos voces en el teatro de los perdidos. No llegamos a pantomimas.

Los pies no dejan huellas en las rocas y las que dejan en la arena desaparecen con una ola, ¿qué sabe el mar de los pies que arrastraron el alma en sus costas? Los prejuicios dejan marcas profundas, y esas nunca se borran.

Somos mazamorra en los pies podridos de supuestos gigantes, como baterías perdidas en el hielo de algún témpano, dormidos, pero a punto de despertar. Me pregunto, ¿qué contaminación ambiental derretirá las capas que no nos dejan prosperar?

Soy esclavo de mi cultura, por desconocerla, soy víctima de mis castigos autoinducidos, por ser ignorante...pero eso no será por toda la vida; cada paso que doy, cada libro que flota sigilosamente de derecha a izquierda en mis manos, cada palabra que tengo que buscar en el mataburros, ¡mata más al burro!, cada historia que se construye en mi memoria, como piezas de un rompecabezas que nadie quiere que vea, hace que mis pasos sean más firmes, y un día, algún día, mi ameba abrirá los ojos y mis huellas, hoy ligeras, crearan cuencas en la llama de mi entorno y mis pies me llevarán más lejos.

Los pasos dados pesan, pero no importa, soporto, yo quiero...