Cuento de Navidad: La Neblina

Juan Fernández 2017

La mañana del 24 de diciembre fue la más fría registrada en Pueblo Viejo desde los tiempos de los taínos. La temperatura había bajado tanto en el Santo Cerro, que algunos dejaron de salir de sus casas en las noches. Los campesinos empezaron, por primera vez en sus vidas, a usar abrigos. En las mañanas los tanques del agua tenían un leve capa de hielo en la superficie, en los colmadones dejaban las cervezas afuera para mantenerlas congeladas, aun durante los largos apagones.

El 24 fue un domingo diferente, a las 6:00 a. m. los perros empezaron a ladrar y no se podían escuchar el canto de las aves, ni siquiera el grito, casi prehistórico, de los guacamayos en vuelo, hasta los gatos dejaron de maullar, eventualmente, sus maullos convirtiéndose, también, en gritos, como de dolor. Luego, el silencio, como de ultratumba, era perturbador.

La neblina que bajaba del cerro parecía una cortina blanca de humo sólido, los tres primos veían como todo era arropado por el manto blanco. Los gringos tendrán nieve y blancas navidades, pero en el campo de Pueblo Viejo, este año será recordado, por muchos, como el año de la neblina.

Sofía había apretado tanto la mano izquierda de su primo, que se le había adormecido, del otro lado, del derecho, su novia Patricia dormía enrollada en posición fetal, sus lentes se habían empañando un poco, Tomás temblaba de miedo, nunca había visto nada similar.

- ¿Qué vamos a hacer?, - preguntó Tomás, - la neblina parece tener algo extraño, todos los animales se han callado, o escondido. ¿Será que contiene ácido?

- ‎No tenemos suficiente información para tomar una decisión, - dijo Patricia sin abrir los ojos.

- Creo que debemos esperar, creo que cuando salga el sol evaporará la neblina, - dijo Sofía, más rogando que así fuese, que asegurando el resultado.

A lo lejos se podía escuchar la voz grave del guardián de las ruinas, decía algo en creole, Sofía juraba que era un encanto del vudú, para alejar los malos espíritus. Su voz, despacio, fue convirtiéndose, también, en un  grito espantoso y, eventualmente, también paró. El viejo haitiano era amado por los tres primos, a Patricia se le aguaron los ojos y Tomás le pasó la mano por su corto pelo, para calmarla un poco.

- Él estará bien, es un hombre fuerte y valiente, - aseguró Tomás.

- Tu no tienes suficiente datos para decir eso, lo más probable, estadísticamente, basado en la reacción ecológica, que la neblina lo mató, - dijo Patricia llorando. A sus 12 años había estudiado los efectos extraños de la naturaleza.

En ese mismo instante, terminando de decir esto, Patricia apuntó hacia el callejón de las ruinas, corriendo entre la neblina, se veía el cuerpo ensangrentado del amado haitiano, la piel desprendiéndose de sus fuertes músculos, gritaba, no paraba de gritar. La neblina llegó al borde de la carretera, arropaba el cuartel y la capilla, Sofía observó como se le desprendía la pintura a la pequeña iglesia.

Los primos estaban resguardados en la galería de su tía Caridad, la mamá de Sofía. Patricia estaba abrazada de Tomás y los tres agarrados de las manos, temblaban. De repente el viejo guardián tomó un paso hacía ellos, ya sólo le quedaban huesos, sus grandes ojos colgaban de los nervios.

La neblina entró escurrida a la galería, de repente Tomás sintió el toque frío, helado de la densa cortina blanca, empezó a gritar, oyó cuando el espíritu de la neblina empezó a hablar...

- Mira muchachito e' la mierda, cállese y salgan los tres de esa caja ahora mismo, ¿ustedes no ven que Don Jean Paul tiene horas llamándolos? Vayan ahora mismo a buscar la yuca que nos trajo, - dijo tía Caridad, - y Patricia, quítese la saliva de la cara, cualquiera dice que estaba usted llorando. ¡Vamos, vamos!

Los tres primos se pusieron de pies, fue cuando Tomás vio la neblina tocar los pies de la tía, dio un paso atrás...

- Sofía, sueltame la pierna, sino quieres que te de una patá, - dijo la vieja mientras se alejaba de los tres primos.

Los primos se sacudieron las ropas y se llevaron la carretilla que le había dejado tía Caridad. Se reían a carcajadas.

- Buenos días Jean Paul, ¡Feliz Navidad!, - dijo Patricia al viejo guardián.

- Esperen, no me digan, ¿La neblina otra vez? Noooo, ¿me mataron a mí? - preguntó el haitiano, - ¡ Feliz Navidad! No dejen de ser niños, Dios les bendiga.

Los cuatros se reían sin parar. Sus risas invadieron todo el pueblo con una capa de alegría más densa que la peor de las neblinas.

¡Feliz Navidad!

Mis Inútiles Sentidos (Corregido)


Me sacaré los ojos, como si fuera yo un cuervo, llenaré de arena las cuencas de mis sentidos, pondré mis ojos en bandeja de plata, para que sean consumidos por hormigas, no quiero ver más, son inútiles mis luceros muertos, si no puedo ver el cambio que podemos alcanzar, yo, casi ciego, junto a los míos.

Regalaré mis tímpanos, para que un sordo me convenza que no eran culpables mis sentidos, sino los filtros que me impusieron toda la vida para olvidar el sufrir. De que sirve oír, si no puedo escuchar nuestros propios gritos. Las ondas sonoras de nuestras entrañas carecen de principios, si no pueden ser auscultadas por un alma que las cobije. Se pierden en repercusión en las paredes mudas de las salas del teatro de nuestras insignificantes existencias. Somos Ilusos, oímos sin escuchar, escuchamos sin importarnos, y no procesamos ideologías ni pensamientos. Quizás ya ninguna de las dos existe.

Caemos en un abismo, vociferamos en palabras instauradas, en idiomas inexplorados, lo que sentimos no sirve, mejor que se me caigan los dientes, son decorativos, juntos a mi lengua, si no sirven para expresar nuestros suplicios, mejor que las encías se me conviertan en una pieza, las quijadas no tienen por qué moverse, y las palabras honradas, que debo usar, cada día me castiguen. Somos esclavos de lo que decimos y amos de nuestros silencios, pero si callamos lo que tenemos, por obligación, que decir, entonces es mejor cortarnos la lengua, quizás ni sirva para alimentar los perros abandonados, es un pedazo de carne podrida.

El hálito de una noche fría cae sobre mi cuerpo desnudo, arrancando poros y músculos, carente mi organismo de equilibrio, epidermis sin sentido, de que nos sirve tener piel, si el látigo de verdugo sigue azotando las espaldas de los míos, yo no quiero que me cubra, mejor que le sirva de abrigo a un indigente, si no hago nada con ella, su indiferencia a este mundo vale más que la mía. Quiero ser merecedor de tan preciada ofrenda de vida, mi piel, lucho, para que sea mía, día tras día.

Me siento perdido, con la cabeza hueca, llena de algodón, forrándome el olfato y saliendo de mis oídos, de que me sirve la orientación, si tengo un cerebro descompuesto, putrefacto, rancio, su neuronas moradas y amarillas, si no lo uso para servir a mi gente, para merecerme caminar a su lado, para lograr su respeto y admiración, que me llamen uno de ellos. Mejor que me cocinen los sesos y alimenten los puercos, quizás así tienen sentido.

El alma se me pierde entre los vientos, el corazón no me late, mis intestinos rellenos de lombrices. De que me sirve este saco relleno de huesos y estiércol, si no lo uso para trazarnos caminos. Perderme entre listados cerrados o abiertos, no tiene sentido, los colores de un millar de perdidos se han mezclado en lo mismo, una amalgama de siluetas luchando por un pastel de arcoíris, sus labios asquerosos lamiendo en anticipo, como quien sabe el sabor del almíbar del relleno que sudan, en sangre, los míos.

Yo no quiero vivir en desafío, ¡para qué!, pero no pienso dejar de decir en todo lo que confío. Pon en una balanza tus sentidos y pesa si tienen sentido formando parte de tu universo vacío. Mejor toma una pistola y quítate la vida, si vas a vivirla sin sentido. Fuiste creado para algo, con un fin, entonces honra a tu creador dándole a todo esto, que llamas vida, sentido. 

Yo voy contando mis pasos, marcando mis dias, y se, hace mucho, que no soy nada ni nadie, la lucha por crecer es perpetua, enseñar es el destino, ¿y tú, estás listo para medir tus sentidos?


El Viaje de los Cuellos Caídos



Flotando entre los brazos de un dios de metal, plástico y cristal, poseedor de bóvedas serpentinas, que levitan en rieles de martirios. Las manecillas de un reloj maldito, repleto de injurias, castigando en segundos los respiros de los viajeros de los cuellos caídos. Cada uno cargando su cruz y sus cuerpos, casi molidos, retorcidos, como naborias fieles de un agente invisible de mortalidad.

Yo, noctámbulo por naturaleza, y quizás por gusto, sólo un poco, me siento y puedo ver los mundos pesados que cargan mis compañeros de viaje sobre sus hombros, sus cuellos en reverencia, cargas que nunca se alivian, lágrimas que se evaporan por carencias de objetivos.
Llevo un cacique kalinago, a los que los españoles llamaban caribe, de un lado y un azteca mexicano del otro, sus hermosos imperios dormidos en sus sueños, marcados por sus raíces. El sacudir de las animas del pasado los mantiene descansando sobre mi, no se si despertarlos y enderezar mi columna vertebral para crear un espacio, o simplemente dejarlos pernoctar con sus testas caídas sobre mis hombros. Hoy no me importa, ayer tampoco.

A las tres de la mañana el dios de los transportes pasa lista, me mira a los ojos y me saluda, como todos los días, los viajeros alineados en filas paralelas, hombro con hombro, sus cabezas titubeando en péndulos, colgando de cuellos construidos de hilos de seda, como si fantasmas jugaran a deribarlos y sus últimos reflejos los enderezan para preservar la verguenza.
El azteca casi se me cae, gracias a Dios que Morfeo tiene años que me abandonó, pude agarrarlo, justo a tiempo, antes de que su aguileña nariz besara el negro del piso frio de nuestro carruaje. Me miró en señal de desafio, me preguntó que hacía, le respondí unas palabras en taino levantando mis hombros, se sentó otra vez, confundido, y volvió a entregarse a la tarea de regenerar algunas energías de las perdidas tras, quizás, dieciocho horas de trabajo construyendo pirámides para otros amos, en otros suelos, en otra era.

En la esquina, en el ultimo asiento, rodeado de una nube sólida de olores de ultratumbas; una mezcla rancia de falta de cordura y un poco de espíritus que se pueden disipar con un poco de agua caliente y jabón, se sienta el rey de los cuellos caídos, abraza una bolsa plástica como si fuera un hijo, cuando nuestro navío se sacude, en una de sus sarcásticas carcajadas, el viajero casi toca el suelo, pero es el rey, y muchos harán reverencias antes que él, su espina dorsal lo endereza sin despertarle, mago del equilibrio.
Una jovencita, que parecía una diosa del Congo, o de Nigeria, su piel tan negra como el onix, se sonrió conmigo, sus dientes como perlas, negó con su cabeza lo que había visto y retornó al universo verdoso y fértil de un libro, le afirmé mi aprobación con la mirada y una leve sonrisa. Vi como le crecían alas, y su corona de joyas brillaba.

He llegado a mi destino, el kalinago se despertó, sólo por un segundo, con un ojo divisó que no era la suya, me vio levantarme, en silencio. Un joven rey africano ocupó mi trono, notó el estado de sus nuevos vecinos, primero al azteca, ya convertido en emperador de sus sueños, y despacio al kalinago, soñando que corría por montes de Martinica, me miró, como preguntándome que hacer, le dije un encanto de mis ancestros en el lenguaje de mis dioses, y mientras hablaba, en esta lengua extraña, moví mis manos desde su frente hasta su barbilla, sin tocarlo, y lo dejé dormido. Los tres nuevos amigos, unidos en una galaxia sostenida en espíritus de guerreros, unidos por el compromiso silente de viajeros de la noche.
Camino a mi hogar con la certeza de que mañana encontraré el imperio en buenas manos, protegido por las ilusiones de mis hermanos y las aspiraciones de que algún día será mejor de mis hermanas, quien soy yo para desmentir una verdad tan cierta, camino y con cada paso escondo en mi pecho, en este invierno tan frío, el sufrir de los míos, viajeros nocturnos, soñadores, del tren de los cuellos caídos.

Invisibles


Somos invisibles, divagando en un mundo de siluetas digitales, perdidas entre matices, líneas paralelas unidas en una bola de cristal, violentamente fundidas, entre la oscuridad y un millar de penumbras. Carentes de luz propia, adornados por figuras que no decoran, miradas de porcelana, detrás de sistemas operativos que fiscalizan nuestros alientos, con el que respiramos anhelos y suspiramos disgustos. Pagamos por pensar, pensamientos que no perduran.

Somos invisibles, cuando dormimos y nuestros sueños son vendidos por mercaderes de fantasías, carentes de planes propios, jugando a conseguir más, igual que un animal que persigue una zanahoria amarrada frente a él, con el anzuelo auto inducido de creernos más. Somos directores de un teatro macabro, con actores que no respiran sin que le pateen los pulmones.

Somos invisibles, cuando estamos solos rodeados de almas mudas, como si dejáramos el diafragma de nuestros lentes abiertos, captando solo lo fijos y borrando el movimiento de nuestros firmamentos melancólicos, interfectos y fétidos. Fingiendo, otra vez, sonrisas, creando muecas para llenar el marco de la postal de un desconocido. Nuestros sufrimientos leídos en cuentos cortos de horror y ficción.

Somos invisibles, cuando nuestros corazones laten al ritmo de tambores tocados por otras manos, que, además, castigan, como si no fueran diosas, sus puños llenos de huesos, cortando pómulos, como si ellas fueran de humo. Victimas de errores cometidos en la infancia de un verdugo, tratan, inútilmente, de fulminar su existencia entre castigos, y ríen, nuestras reinas, entre lágrimas, otra vez, para evitar encuentros de células que se odian inminentemente. 

Somos invisibles, cuando nos perdemos en las botellas de espíritus de otros mundos, y nos damos cuenta que el espejo de nuestras vidas no refleja nada, invisibles, nos acercamos y respiramos para ver la humedad de un aliento que ya no existe, y lo limpiamos rápidamente para evitar crear expectativas en nuestros amados, no vayan a empezar a soñar que son visibles y otros los castigue por la infamia.

Somos invisibles, hasta que tomemos la decisión de eliminar el velo que nos ponen, cuando busquemos nuestras propias soluciones y expresemos que no podemos más, cuando dejemos de buscar culpable, en un mundo donde solo somos nosotros los forjadores del todo. 

Somos y seremos eternamente invisibles hasta que abramos un libro y podamos, entre letras, construir nuestros propios destinos. 

Somos invisibles.

Con o Sin Cabeza


Caminando, para muchos, disoluto, pero en control de la verdad, enredado entre sueños de colores, en un firmamento monocromático, donde los arcoíris perdieron sus inicios y en las lagunas ya no nadan piececitos betas de matices morados y amarillos, nacidos en blancos azulejos, donde las esferas tienen esquinas, punzantes y todos tenemos que aprender a negociar por nuestras vidas, en el fango, repleto, hasta el cuello, de lombrices. 

Allí, casi entre tinieblas negras, se despierta al amanecer un soñador más, que tiembla escondido entre dos nubes, sin saber por dónde sale el sol o si se esconde la luna. Arrastrando pensamientos, como si fueran sandalias de un gigante olvidado, un viejo de pelo blanco y ojos fulminantes, soñador también, creador de leyendas, partidos y caprichos, escritor de cuentos del olvido, con pies enormes, difícil es lograr llenarle el calzado. Pensamientos de caminos marginados y vecindarios soñados por él, con calles repletas de vivencias, no de basura. Cadáveres de muertos retorciéndose en las tumbas, leña que se quema en la hoguera de un millar de tormentos, fuego que palpita consumiendo oxígeno sin futuro.

Caminando a ciegas en un universo de entes que se creen tuertos, pero no ven nada, sintiéndose los más pertinentes. Donde todos saben todo y ninguno se equivoca, nunca. Donde los bolos y los coludos tiene las narices igualmente paradas y las ideas se han fugado con su novia, la apatía, corren juntas desnudas en valles de lirios y claveles, que se pudren en sus manos. Burlándose, muchos, del pensamiento crítico que les dio la vida. ¡Ay Viejo Sabio! ¿Porqué te olvidan? Millares de anaqueles guardan las cabezas de estos arlequines, usadas, por los demás, como bolas de boliche, decoradas con las coronas de sus imprevistos triunfos de cenizas, coronas de alhajas y metales fruncidos, usadas viciosamente por todos, como payasos de gamas extrañas, que hoy se mezclan y no dan entre todos para hacer uno que valga nada. Se me escapó, hace tiempo, la sonrisa.

Caminando despacio, contemplando el siguiente paso, talones de gelatina, intrincados, escurridos entre arena, cal y cemento, nunca seguro de cual paso es cierto. Luchando por cerrar las ventanas, ya que las puertas, con bisagras opuestas, hacia dentro, con visión de preservar lo que quizás no vale la pena, hacia afuera, con visión de juntar mansos y cimarrones, muchos luchan por mantenerlas cerradas o abiertas, ¡qué importa! La mayoría, sin saber porque, obedecen las instrucciones escritas, como guiones de una obra de teatro, por otros que saben menos. Sus sesos hoy decoran los pasillos de los calabozos de los muertos.

Caminando en la naturaleza, donde todo, todo, sin excepción, es cíclico, como las varillas de una rueda, de una bicicleta sin timón y sin destino, volviendo siempre al mismo lio. Cabezas huecas que dan vuelta, como conjuradas por exorcistas, para aterrizar en un mismo sedimento de excrementos. Hoy sonriendo por los de un lado, mañana a carcajadas por los del otro, bailando el vals que le tocan los que controlan el violín de la avaricia. Guiados al matadero, como cualquier vacuno. Como les dije; bolos hoy, mañana, quien sabe, quizás coludos, veamos quien amarra el nudo que mejor trabe la gallina de los huevos de oro.

Piensa. ¿Y tú, saliste corriendo también cuando te pidieron la cabeza?

Lugares Celestes


En la radio escuchaba "Sangría", Blake Shelton buscaba transportarme a la versión country de mis raíces norteñas, fue cuando sentí el trueno de un pensamiento, salpicado en mi mente, vestido de un perico ripiao cibaeño, que detonaba en mi cabeza, como una granada en las manos de un ángel repleto de ira. Mezclado entre dos mundos, buscando subterfugios que me permitan vivir en paz y tranquilo.

Los colores rústicos y oxidados de los rieles de un tren me hacían compañía, desde una esquinita del ojo izquierdo los veía burlarse de mí, no podía estar en un lugar más celeste, rodeado de espíritus de todos los cielos, volaban, muchos, casi todos, entre lágrimas y penas, ocultas por una sonrisa llena de brisas cargadas de olores de alegres pétalos de rosas. Labios pintados de cerezas, metrosexuales puliéndose las cejas. Todos en sus propios mundos.

Caminaba entre pensamientos de nitroglicerina envueltos en golosinas, las asonancias de mi ciudad no me impedían escuchar las mentes de algunos, que, como yo, tratan de tocar el éter de la nada y extraer de allí la solución a cuantiosas angustias. Calles repletas de almas olvidadas, arrastrando zapatillas de la 5ta avenida, calizos, chancletas y guaimamas. Clases sociales jugando el ajedrez de la vida, cuando apenas pueden jugar damas. 

Contaba, entre miradas, personas aisladas por audífonos y celulares, cada cual viviendo entre Candy Crush y Solitaria, entre mensajes inútiles en sus redes sociales, que no tienen nada de social, pero atrapan peces dormidos, a diario, en sus redes, riendo a carcajadas, susurrando pendejadas en sus labios podridos, “LOL”, como si fueran papagayos volando entre las ramas de un teclado. Mentes que se desgastan en horas que se esfuman en el aire. Sumergidos en sus llantos y reproches. Nos han reemplazado las cadenas con aparatos de mierda, pero vivimos la misma condena. Esclavos de nuestros orgullos, jugando a la libertad de nuestros reales amos, nuestras incapacidades de auto manejarnos.

Subí la cabeza, me pesaba quintales, al cruzar el vagón, sentada a la derecha de su madre, una niña de quizás ocho años, llevaba un Quijote en sus piernas, la mitad del libro en un muslo, la otra en su brazo izquierdo, su espalda inclinada en reverencia, la boca un poco abierta, en sorpresa. En un afiche de carro se observaba a Cervantes riendo sentado en la luna. Miré a la madre fijamente, su gran afro parecía un árbol de frutos, donde dormían las aves, sus ojos negros, dos lumbreras, pasaba lentamente una hoja de su libro a la izquierda, sintió mi mirada, me sonrió y retornó a algo más importante que yo. ¡Qué bueno! 

La espina dorsal me enderezó la espalda, la cabeza pesada, ahora mucho más ligera, me dirigió a mi destino, los pies se me despegaron del suelo, los párpados, como cortinas de piel, aún tengo la sonrisa que me dejó la escena que me inspiró a escribir este pensamiento. Aun estoy lleno de fuerzas. 

¡La fe en mi gente nunca muere!

Quizás Ángeles, Seguros Demonios

Juan Fernández

(Observación del martes 5 de septiembre, 2017 – Cualquier parecido con la vida real es pura coincidencia) 

Anoche, mientras admiraba el llorar de la luna llena, caminando debajo de los rieles de un tren frío, sus chillidos satánicos, como palabras directas del infierno, portador de interminables vidas ciegas, que mueren en cada estación, sin saberlo, vi cómo se le caían las alas a un ángel que trataba, inútilmente, de volar. En la espalda podía ver sus huesos rotos germinar, detrás de los zapatos negros pulidos que pisaban sin misericordia, con crueldad, hasta sus extremidades trozar.

Su piel morena brillaba, como un azabache, en su ojo izquierdo, lleno de divinidad, ensangrentado, se podía ver la lucha entre dos mundos, separados por cortinas azules de clases en desigualdad, disfrazadas de un entendimiento que no existe, ira sostenida por leyes escritas en papel, en un mundo de muchas lluvias de ironías. La vida le corría por los poros mientras le amarraban con grilletes, igual que cuando sus ancestros se bajan de las naves del viejo continente. Cuatrocientos años de luchas, ni un día de libertad.

Su rostro celestial parecía de arcilla, caliza, así, color cobrizo, oprimido en el cemento, como si estuvieran los verdugos creando moldes en la acera, para marcar el sendero del próximo ángel que enterraremos en el mismo trayecto del que hoy sepultamos, cientos de años sin progreso. Sus pómulos esculpidos, como si fueran de un gladiador romano, dios de un coliseo de golpes, atado con esposas e insultos físicos tan tangibles como las huellas de los palos en su espinazo.

Creo que se nos olvida que somos responsables de los ángeles que matamos, arrancando sus alas, y los demonios que creamos con un bastón en las manos. Ciclo eterno de esclavitud en cadenas perpetuas.

Pasé de allí al hospital, esposado de la camilla un joven, un ángel, luchaba por entender sus pecados, oraba, a toda voz, en palabras obscenas, en el único padre nuestro que conocía, sus lágrimas parecían de cristal, caminé un poco más, al pasar la puerta vi dos niños recién nacidos, una enfermera, que marchaba lentamente, los dividía, en un lado los ángeles, tiernos, puros, del otro lado los demonios de mi sociedad…Pasamos auditorías de culpas a las vidas sin pensar. ¡Por favor, no más!

Gotas Sueltas

Gotas Sueltas
Juan Fernández  © 2017

Dosificamos, apretando con torniquetes antiguos, nuestros silencios; las palabras mudas que no decimos. Gotas de un río de aguas incomprensibles, que se enmarañan con discursos en las bocas de los perdidos. Nos atrapan, sus palabras vacías, como bejucos de hiedra en una pared de ladrillos.

Esperamos respuestas de colores que nos llenen los arcoíris grises de nuestros cielos clausurados, llenos de pesadillas. Tempestades que no se calman, huracanes en el cáliz de amarguras de nuestras propias inequidades, circulando en torbellinos de desasosiegos. Nos reímos, cuando las lágrimas nos sofocan y el murmullo de nuestras propias conciencias nos castiga.

Somos parte de un mundo de parásitos conducidos por lombrices. Nos arrastramos en fila india detrás de las migajas que se caen de las barrigas orondas de los monstruos de un sistema de penas y martirios. Somos báculos desarmados de verdades, en un cosmos de mentiras. Bailamos al ritmo de la música de los degenerados, y nos venden sonrisas enrollados en cigarros de mariguana.

Tenemos necesidades que van más allá de las hambrunas, momentos que cuelgan en un vacío que no se llena con limosnas, santiamenes de silencio que nos gritan en la cara, oraciones sin respuestas a un dios de madera que colgamos de nuestros cuellos, sin saber si vale nada. Nos olvidamos de nuestras raíces, nuestras culturas, nuestros enojos se convierten en nuestro pensar y despacio nos encierran en jaulas de cemento y creemos poder volar. ¡Ilusos!

Somos esclavos de nuestro pasado y cerramos los ojos a nuestro futuro, quemamos el presente en cadenas de pensamientos inoportunos, nos hacen comer el excremento de nuestros propios intestinos decorados con flores nacidas en nuestras propias utopías. Somos pinceladas en el lienzo de acuarelas del retrato de un joven desaparecido.

Callamos cuando debemos hablar y hablamos cuando todo termina. Nos van a quitar la venda de los ojos cuando no tengamos nada que mirar.  Somos como santos en el altar de un incrédulo, decoración de piel y hueso, admiradores de velas, agua florida e incienso. Castigados por males auto-impuestos.

Somos paz en tiempo de guerra, que empezó en nosotros hace mucho tiempo, nosotros, simplemente no lo sabíamos. Somos el campo de batalla en medio de mil tormentas. Ayúdame a encontrar la luz en tanta tiniebla, antes que la oscuridad sea perpetua.

Pecados Capitales: Gula

Juan Fernández

Saltan al vacío los minutos cubiertos de segundos, convirtiéndose en eternas horas que no duermen. En tus labios formas calabozos húmedos de mis ansias, los sentidos, otra vez, como a un niño, me engañan.

Parecemos bejucos verdes de ardores alocados y el sabor de tu cuerpo me bautiza cada día. Tus senos servidos como la mejor de las pitanzas.

El azúcar de tu cuello se cristaliza en mis papilas, la lengua no me alcanza para catarte las clavículas. Se te derriten, suavemente, las venas en mi boca y recojo una a una las gotas dulces que transpiras y se deslizan en cascadas vivas por el vientre.

Me ahogo en el calor paulatino de tus respiros, tus delicados brazos creando nidos en mi cuello, tus temblorosos dedos recorriéndome las ganas, el ardor de tus uñas, como garfios, en mi espalda. Tus nalgas servidas como postre de enmieles, vainilla, frutas secas y una pisca de sal.

En tu vientre de bailarina crecen verdes hortalizas, de tu ombligo vivaracho nacen los mejores vinos que se desparramas en tu pelvis, como si fueran ríos, donde puedo saciar, sin medidas, mi sed, embriagándome, como de parranda, en tu vagina.

El olor de tus entrañas, mordiéndome, me mesmeriza, en cascadas de sed de tu océano, que no termina. Tus piernas, apretando, cubriendo mis oídos, tus manos aplastando mi cabeza, hundiéndola en el olvido, nuestras miradas juguetean, como si fuéramos cocodrilos. Tus piernas en mi espalda desplegados el caviar, relleno de muchas nueces, almendras y otras semillas.

No me canso de desayunarte las caricias, tomo tus pantorrillas como jugos de frutas en un almuerzo de una cálida tarde de verano, se me escapan las ambiciones de comerte la boca en la cena, hambre de mis entrañas, bocadillos de mi avidez por tu aroma.

Yo no quiero despensas en otros almacenes, quiero verte cada día servida en mi mesa, al desnudo, como el suculento manjar de mis locos atrevimientos.

Soy tu polen mariposa…succióname, de gula, la vida.

Pecados Capitales: Lujuria

Juan Fernández

Enmarañado en tus pechos, mi gloria,
emborrachándome, ojos cerrados,
en el olor sensible de tus axilas,
navegando, lento, con mi lengua
los peldaños de tus piernas
para escalar al altar que guardas
debajo del nardo de tus caderas,
cabizbajo, prendiéndote velas,
soy esclavo del extracto de tus besos
y del néctar del corazón de tu vientre.

Flotando entre la vida y la muerte,
respirando de tu aliento el oxígeno mínimo
en respiros que parecen quejas y lamentos,
colgando del borde de tu lecho,
con la cabeza sudada e invertida,
veo como caminas desnuda, entre sobras,
tus caderas ondulando me hipnotizan,
tus extremidades largas que se pierden
en la oscuridad de un pasillo de recuerdos.

Tu corto pelo danzando en tu frente,
tus ojos como fanales de un gran puerto,
me fulminas con tus miradas de ternura,
me dominas con tus toques de dulzura,
tus pensamientos se convierten en mis días
y tus manoseos pervertidos en mis lunas,
soy naboria de tu concupiscencia.

Perdido, a gusto, mariposa,
en tus mares caprichosos de lujuria.