Por el Mes de la Herencia Dominicana
Gotas Sobre Las Amapolas
Por el Mes de la Herencia Dominicana
Actor de Mi Muerte
La Niña
No Calles Más
¿Qué debe pasar para romper los invisibles inútiles códigos retrógradas del absurdo silencio de nuestros hombres?
¿Otra muerta innecesaria con dos tiros en la cabeza, o un cuchillo en la nuca, o ahorcada?
¿Tres niños huérfanos más con la madre enterrada y el padre detrás de las rejas?
¿Qué debe pasar para que los hombres acepten la responsabilidad de su negligencia y la estupidez del silencio?
¿Qué encontremos los brazos en una bolsa, las piernas en un matorral, el torso en un safacón y la cabeza nunca aparezca, de una joven que ayer estaba llena de sueños?
¿Qué te ata la lengua cuando sabes que un idiota está a punto de lapidar la madre de sus hijos?
¿Qué harías si fuera tu hija?
Te aseguro que el día que vayan a matar la tuya, tú no estarás para protegerla, protege esta, cobarde, para que un valiente un día proteja la tuya.
Estamos viviendo en el mejor tiempo de la historia del planeta y parece que los hombres hemos perdido el honor, dejamos que nuestras reinas sean maltratadas y simplemente cerramos los ojos, creo que es mejor que los pierdan.
Yo no quiero vivir con el cargo de conciencia de saber que mi vecina murió y yo no hice nada.
Hago un llamado a todo hombre a *no callar más*. Ellas no son asesinadas tras el primer maltrato.
*Por nuestro silencio están muriendo mujeres. ¡Basta!*
Me comprometo, con toda mujer, que haré algo para detener, de alguna forma, su maltrato.
-- Juan Fernández (Metas 2018)
Más Allá de Mis Pasos
Los pasos dados pesan, aunque apreciemos la grama verde entre los dedos, de la misma forma que cargan los discursos nuestros ánimos, dejan, los pasos, marcas en los pies que las huellas mismas desconocen.
Son como los péndulos que nunca rotan y el tiempo no se detiene, pesan los pasos en los pies despojados de esperanzas, que van dejando marcas en la arena de nuestros días más recónditos. Algunos arrastrados, otros que parecen dormidos, todos propios, leyendas de asuntos del olvido.
Las grietas en los talones no revelan la carga que llevamos cuesta arriba, ni las mejillas muestran las lágrimas salpicadas de castigos, el dolor deja vestigios en las nubes del cielo de nuestras vivencias, pero ya nadie sabe leer las almas, las grietas se han convertido en abecedario de lenguas perdidas.
Las oraciones conjugadas en nuestras caras, trazadas con frases escritas por cinceles calientes de miradas que califican y pretéritos que nadie olvida, casi pluscuamperfectos. Inútiles para las huellas en los senderos de nuestros recuerdos.
Las cicatrices en las espaldas relatan las historias del látigo que jamás perdona, pero, ¿cómo se miden los azotes emocionales dados por los puños de quienes empoderamos para ayudarnos a llevar la carga? Los espinazos espirituales de nuestra gente son mapas más complejos que los de Vespucio, con más carreteras, construidas en sangre, que las cimentadas por los romanos en piedra.
Podríamos escribir enciclopedias y no raspamos la superficie de lo vivido en estas tierras. Los estados son unidos en los lomos de las minorías. El látigo no descansa y al verdugo americano cada día le crecen músculos diseñados para el castigo. Su esteroide escondido en las urnas electorales, nosotros creyendo que tenemos voces en el teatro de los perdidos. No llegamos a pantomimas.
Los pies no dejan huellas en las rocas y las que dejan en la arena desaparecen con una ola, ¿qué sabe el mar de los pies que arrastraron el alma en sus costas? Los prejuicios dejan marcas profundas, y esas nunca se borran.
Somos mazamorra en los pies podridos de supuestos gigantes, como baterías perdidas en el hielo de algún témpano, dormidos, pero a punto de despertar. Me pregunto, ¿qué contaminación ambiental derretirá las capas que no nos dejan prosperar?
Soy esclavo de mi cultura, por desconocerla, soy víctima de mis castigos autoinducidos, por ser ignorante...pero eso no será por toda la vida; cada paso que doy, cada libro que flota sigilosamente de derecha a izquierda en mis manos, cada palabra que tengo que buscar en el mataburros, ¡mata más al burro!, cada historia que se construye en mi memoria, como piezas de un rompecabezas que nadie quiere que vea, hace que mis pasos sean más firmes, y un día, algún día, mi ameba abrirá los ojos y mis huellas, hoy ligeras, crearan cuencas en la llama de mi entorno y mis pies me llevarán más lejos.
Los pasos dados pesan, pero no importa, soporto, yo quiero...
Cuento de Año Nuevo: La Enramada
Cuento de Navidad: La Neblina
La mañana del 24 de diciembre fue la más fría registrada en Pueblo Viejo desde los tiempos de los taínos. La temperatura había bajado tanto en el Santo Cerro, que algunos dejaron de salir de sus casas en las noches. Los campesinos empezaron, por primera vez en sus vidas, a usar abrigos. En las mañanas los tanques del agua tenían un leve capa de hielo en la superficie, en los colmadones dejaban las cervezas afuera para mantenerlas congeladas, aun durante los largos apagones.
El 24 fue un domingo diferente, a las 6:00 a. m. los perros empezaron a ladrar y no se podían escuchar el canto de las aves, ni siquiera el grito, casi prehistórico, de los guacamayos en vuelo, hasta los gatos dejaron de maullar, eventualmente, sus maullos convirtiéndose, también, en gritos, como de dolor. Luego, el silencio, como de ultratumba, era perturbador.
La neblina que bajaba del cerro parecía una cortina blanca de humo sólido, los tres primos veían como todo era arropado por el manto blanco. Los gringos tendrán nieve y blancas navidades, pero en el campo de Pueblo Viejo, este año será recordado, por muchos, como el año de la neblina.
Sofía había apretado tanto la mano izquierda de su primo, que se le había adormecido, del otro lado, del derecho, su novia Patricia dormía enrollada en posición fetal, sus lentes se habían empañando un poco, Tomás temblaba de miedo, nunca había visto nada similar.
- ¿Qué vamos a hacer?, - preguntó Tomás, - la neblina parece tener algo extraño, todos los animales se han callado, o escondido. ¿Será que contiene ácido?
- No tenemos suficiente información para tomar una decisión, - dijo Patricia sin abrir los ojos.
- Creo que debemos esperar, creo que cuando salga el sol evaporará la neblina, - dijo Sofía, más rogando que así fuese, que asegurando el resultado.
A lo lejos se podía escuchar la voz grave del guardián de las ruinas, decía algo en creole, Sofía juraba que era un encanto del vudú, para alejar los malos espíritus. Su voz, despacio, fue convirtiéndose, también, en un grito espantoso y, eventualmente, también paró. El viejo haitiano era amado por los tres primos, a Patricia se le aguaron los ojos y Tomás le pasó la mano por su corto pelo, para calmarla un poco.
- Él estará bien, es un hombre fuerte y valiente, - aseguró Tomás.
- Tu no tienes suficiente datos para decir eso, lo más probable, estadísticamente, basado en la reacción ecológica, que la neblina lo mató, - dijo Patricia llorando. A sus 12 años había estudiado los efectos extraños de la naturaleza.
En ese mismo instante, terminando de decir esto, Patricia apuntó hacia el callejón de las ruinas, corriendo entre la neblina, se veía el cuerpo ensangrentado del amado haitiano, la piel desprendiéndose de sus fuertes músculos, gritaba, no paraba de gritar. La neblina llegó al borde de la carretera, arropaba el cuartel y la capilla, Sofía observó como se le desprendía la pintura a la pequeña iglesia.
Los primos estaban resguardados en la galería de su tía Caridad, la mamá de Sofía. Patricia estaba abrazada de Tomás y los tres agarrados de las manos, temblaban. De repente el viejo guardián tomó un paso hacía ellos, ya sólo le quedaban huesos, sus grandes ojos colgaban de los nervios.
La neblina entró escurrida a la galería, de repente Tomás sintió el toque frío, helado de la densa cortina blanca, empezó a gritar, oyó cuando el espíritu de la neblina empezó a hablar...
- Mira muchachito e' la mierda, cállese y salgan los tres de esa caja ahora mismo, ¿ustedes no ven que Don Jean Paul tiene horas llamándolos? Vayan ahora mismo a buscar la yuca que nos trajo, - dijo tía Caridad, - y Patricia, quítese la saliva de la cara, cualquiera dice que estaba usted llorando. ¡Vamos, vamos!
Los tres primos se pusieron de pies, fue cuando Tomás vio la neblina tocar los pies de la tía, dio un paso atrás...
- Sofía, sueltame la pierna, sino quieres que te de una patá, - dijo la vieja mientras se alejaba de los tres primos.
Los primos se sacudieron las ropas y se llevaron la carretilla que le había dejado tía Caridad. Se reían a carcajadas.
- Buenos días Jean Paul, ¡Feliz Navidad!, - dijo Patricia al viejo guardián.
- Esperen, no me digan, ¿La neblina otra vez? Noooo, ¿me mataron a mí? - preguntó el haitiano, - ¡ Feliz Navidad! No dejen de ser niños, Dios les bendiga.
Los cuatros se reían sin parar. Sus risas invadieron todo el pueblo con una capa de alegría más densa que la peor de las neblinas.
¡Feliz Navidad!






