Olor a Café: Tejiendo Sonidos


Creo mucho en la paz del aroma del café, quizás sea el circular de la cafeína por las vetas de oro de las minas de mis momentos de sosiego, quizás es la herencia de siglos de regocijos culturales, quizás es la vehemencia, pero más que nada, y de estoy seguro, es la capacidad que tiene de consentir el registrar en trenzas las palabras de los labios de los míos. Cantar en mis oídos. 

Las ondas sonoras de las cuerdas del instrumento vivo de las voces de mi gente, son la más armoniosa de las odas con las que oscilo las membranas de mis tímpanos, para disfrutar del vibrar del léxico bello del idioma de Cervantes. En sus bocas se crean melodías.

Sueño con sentarme a escuchar una conversación elocuente de dos de mis descendientes en búsqueda de soluciones para crear el universo que creen se merecen. Sin depender de nadie, reales soberanos. Sueño con tomarme un café junto a un desconocido que pueda poner en frases lo que siente, sin demagogia, sin rodeos, despacio verlo cociendo oraciones con hilos fabricados de la nada para emboscar en su mente la búsqueda de su razón y el despertar de sus ilusiones.

Piensa rápido, planifica despacio y acciona, comete errores…corrige…empieza otra vez, todo tejiendo sonidos de tu alma con las agujas de una taza de café.

Olor a Café: Sentado en un Banco


Con las mañanas tórridas de mi urbe tan fría, llegan escenas nuevas al teatro viejo de mi aldea. Actores que cambian sus fisionomías, como si fueran mutantes, actrices, disímiles, privadas de melanina. Con los años, la vida me ha dado la oportunidad de verla pasar, sonríe conmigo, en paz, yo sentado en un banco de un parque casi olvidado, con el codo derecho en la rodilla izquierda, tomándome, en el silencio, una taza de café.

Las historias, como los días, de los míos, se van volando, como gaviotas en altamar, hojas que se secan rápido y se caen, inviernos que se consumen en esferas de cristal, creadas para encerrarnos en jaulas de ignorancia, en las deudas heredada por no creer en sembrar, sólo ambicionamos cosechas, consumimos todo sin parar. Langostas verdes en campos por arar.

En mi banco favorito, el segundo, que tiene una tablita rota, al cruzar de la vieja avenida, donde se sientan conmigo miles de palomas a llorar penas o chistar, buscando entre comida chatarra migajas para engordar, puedo ver, allí, el tiempo pasar, en su espalda lleva un saco de minutos para regalar, todos recolectados de los perdidos en celular y en noches lujuriosas de bar, mientras aquellos viven su vida, la verdadera se les va, se burla de ellos al pasar, yo la miro y me invita en la noche a charlar. 

Un edificio renovado, con los fondos del sudor de todos, enorme, me saluda al pasar, me cuenta que por un dólar lo podía comprar un acólito que pensaba sólo en regresar, hoy su dueño lo renta por unidades, como si fueran pedazos de cielo, a entes de otro lugar. Aquel sacristán sigue rentando para pernoctar, sus sueños enviados en contenedores de cajas de cartón, repletas de soledad, despachando remesas a la tierra donde lo van a sembrar, en su lápida el escribirán, “Murió el día que viajó a Ultramar, años después, aquí, enterramos el cuerpo”.

El café me correr entre los colmillos, me siento vampiro de un cafetal, mis papilas jugando con cada gota, las franquean de un lado al otro, antes de dejarlas pasar. Con la esquina del ojo derecho veo una joven pareja caminar, sus manos entrelazadas, como ramas de un viñedo que produce uvas del colores del arcoíris, sus sonrisas tiernas, ejemplo para imitar. El joven de la derecha, garboso, me ve, y con los ojos me pregunta si lo voy a juzgar, le sonrío, el de la izquierda, alto, moreno, arrogante, se sonríe conmigo, yo les saludo al pasar. Recuerdo que hace unos días caminaban, por la misma acera, seis jóvenes dominicanos que hoy ya no están. Reemplazados por el color de sus bolsillos, no por el de su epidermis. Gentrificados como ratas en un palomar.

Ya se me acaba la infusión, así no puedo contar, mis ojos cámaras observadoras, mis dedos, humildes impresoras de nuestra realidad. Ven, dialoguemos, hoy, mañana nos surten en otro lugar. Somos exquisiteces en una paletera de chistes que no sabemos contar. Piensa y tómate un café conmigo, no dejemos de hablar.

Olor a Café: Sabor a Uicú


Saliendo, a primera hora, antes de que el día me alcance y me pida cuentas, antes del primer respiro, café caliente en mis manos, olores que no respiro, olores que puedo tocar con la piel y escuchar con mi lengua, silentemente cerrando la puerta, tomo mis primeros pasos, lentos, arrastrando pasados, y el digo al mundo buenos días.

Al pisar la calle me encuentro con la ironía de un verano ardiente, como el mismo infierno, en mi ciudad reluciente que no duerme, repleta de personas frías. Los saludos caen de mi boca, como si fueran rocío, imperceptibles para casi todos, rutina de ruidos tenues para muchos, pero en la humedad de mi cortesía confío, con el tiempo los baño a todos, como si fueran jardines. Las flores no escogen las lluvias que le cobijan.

Desde la ventanilla de un autobús observo la vida, como se le va, lentamente, a muchos, parece un puñado de golondrinas que no encuentran su nido. Se les destila la vida, como caña en un alambique, almacenado en redomas, hervida sin compasión, ambicionada por muchos. Castigo de generaciones que se pierden gota a gota, destilando su futuro, acumulando en tinajas la desdicha de su torpeza.

En algunos casos, a los más entretenidos, la vida se les va como un sombrero volando con el viento, flotando en pequeñas olas de huracanes autoinducidos, sin rumbo, creando camorras, como una chiflada de un celular, fumándose el futuro en una hookah, sentada en una acera, viendo en el humo su gloria.

Cuando salgo del autobús, tomo el último sorbo de café, ya los pies no me pesan, el sol está a punto de salirse de los brazos de Morfeo, y respiro mi ciudad, y derramo mi alma para libar como lo hacían mis ancestros taínos con el uicú, producto de la yuca.

Se me tupen las pupilas con el polen de la infamia de los míos, pero lo control con un solo pestañar de mi visión y misión, entiendo que sus vidas no serán iguales, sus planetas se alinearon con los míos, y en nuestras lunas transportamos el remedio a nuestras aflicciones fermentadas en castigos. 

Con el vaso de café en mis manos, ahora vacío, le pido al barista mejicano del carrito de la esquina que me replete el cáliz de cartón reciclado del néctar de los querubines, que llevo un millar de efugios en mis manos y necesito el calor del café para burlarme de las sátiras de mi ciudad de papel. 

Yo hoy no duermo…es lo que me repito cada día, hasta el día que sienta el calor de la sonrisa de tigre de la esquina. ¡Gracias, señor café!


Olor a Café: Recuerdos y Realidades


Hoy me despertó el olor del café de mi puericia, recordando las madrugadas cuando mi abuela colaba café en granos al pie de mi camastro, separado del colador por una vieja cortina, en el último cuarto de nuestra humilde casita, en las afueras de Santiago. Olores matutinos que corrían por el aire, como si fueran atletas, mezcla de recuerdos de palabras sabias, en oraciones sencillas, que se arropan contigo hoy, en las sábanas frías segundos antes de despertar, para enfrentar los tejidos de mis procelosos días. 

Los rayitos de sol que penetraban por algunos orificios del techado de zinc, quemaban, en besos amarillentos, mi rostro, en su cálido toque me daban los buenos días. La noche no le robaba un minuto al despertar de mis días y las sábanas no me detenían, el mundo era mi jardín y en él jugaba con mi presente, pasado y futuro. Infancia que solo sabía de sonrisas.

Hoy aseveró mi realidad, como cuando te carbonizan las manos, el sonido de un carro de policía que se llevaba, en su desespero, el silencio amarrado de su parabrisas, despojando notas de una orquesta de murmullos y pesadillas. ¡Sabe Dios a que ángel cristianizarán hoy como demonio! 

Empujo mis pies, arrastrándolos, como sin vida, desde la cama cálida al agua fría, los minutos impulsando discordias, las horas esperando progresos, con ellas se me van los recuerdos, un millar de pensamientos invaden mi clarividencia y me hacen nigromante de mi entorno, evocador de mis ancestros. Salgo a enfrentar el mundo y en un respiro, con una taza de café en mis manos, al salir de la puerta, arreglo el planeta. ¡Puff! Como un mago. Las riñas las convierto en abrazos y las balas en pétalos de flores, todo con una sonrisa.

Yo no sé cómo tu vives, pero yo cambio todo lo que toco, con el clave de mis pensamientos positivos, las rosas de mis sonrisas y el jazmín de mis besos. Hoy el mundo amaneció al revés, yo vivo para asegurar que no deje de girar. Algunos días lo logro, otros me enseñan que no puedo, todos me hacen crecer, pero ninguno me puedo parar.

Yo quiero hacer lo que me toca hacer, cuando me toca hacerlo.

Cuestiónalo todo, pero no dejes de accionar.

Fantasías


Guardo una esfera que robé una noche oscura de un cuento de hadas, repleta de utopías, flotando en el cuarto secreto que llevo escondido en el espectro luminoso de mis entrañas. Protegido por un ave Fénix, amigo de un dragón dorado. Grifo pasea entre ellos para resguardarlos.

Tengo establos repletos de unicornios que alimento a diario con el maná que me sobra, lo mezclo con huevos dorados de las muchas gallinas que tengo en la granja. Huevos que fecunda un Quetzalcóatl que traje de mis viajes a Centroamérica, obsequio de mis amigos mayas, hermanos de aztecas, hijos de olmecas azabaches.

En el patio de mi aliento, detrás de los establos de los pegasos, tengo un lago donde toman agua mis licántropos y mis cerberos. Las sirenas nadan como dueñas del agua y el marjal, que comparten con los centauros de los pueblos aledaños. Todos protegidos por gárgolas que, aun cuando se tornan en piedras, pueden aterrorizar a los más atrevidos humanos.

Ayer, mientras caminaba, Esfinge le narraba a Cupido miles de fábulas nunca contadas, yo escuchaba silente, ellos caminaban agarrados de las manos, en las calles tristes de mis lamentos. El sol nos daba en la cara, pero las sílfides nos protegían con sus alas.

Hoy flota en el mundo de mis pensamientos un universo de estrellas, donde mis ángeles y mis demonios conviven sometidos por el dolor de mis pesares y la armonía de mis sentimientos, mis querubines resguardan la puerta que permite que mi corazón lata sin quejas ni lamentos.

Mañana crearé las auroras con uno de mis respiros, bañadas por arcoíris que nacen en mis pupilas. Yo no soy un soñador de millares de fantasías, soy la luz de mi mundo, dueño de mis pensamientos, señor de mis demonios y esclavo de lo que expreso. Yo soy…yo.




El Baile de las Estrellas

Juan Fernández

Mi madre danzó en su camastro de muerte días antes de sucumbir, su cuerpo adolorido, sus simientes crujiendo por dentro, la existencia le concedió un minuto de paz y ella lo compartió conmigo.

Sus ojos brillaban, como brillan las más esplendentes estrellas, con luz interior, desbordamiento de resplandor y harmonía, con estelas de partículas del horizonte de galaxias lejanas.

En su voz pude escuchar la voz de Dios, hablando por ella, palabras celestiales escondidas en un cúmulo de silencios, millones de montañas de sonrisas cubiertas de firmamentos, miradas pérdidas encontradas en las lunas de mil planetas.

En el roce de sus manos pude sentir el oleaje de mil océanos, mares entre sus uñas, tempestades en el centro de sus palmas, tsunamis en su ternura, profundidades desconocidas en sus respiros.

En sus manos tibias aprecié la vida fluctuar en una cuerda floja, y así, como quien sabe lo que tiene que hacer, cerró sus ojos, y se llevó en un respiro un latido de mi corazón y un pedazo de mi alma.

La extrañaré sabiendo que la veré algún día, más allá de donde bailas las estrellas.

Viaje Sin Regreso

Juan Fernández

Vengo de un éxodo oscuro donde no necesitaba maletas, un camino de espinas repleto de botones morados, pero sin hojas de retroceso, pasos que se pierden en un cosmos de raíces insondables, sellando en cada senda el vergel de mis años.

Vengo de circular por diversos mundos, impeliendo bagajes, frutos de árboles extraños, semillas que crecen sin agua, impuestas en amaneceres de soles que no se ocultan, mortajas de seda decoradas con ataujías, colectividad que se pudre, ramas bellas pero torcidas, todas esenciales, todas, todas mías.

Vengo de un mar de suplicios, arrastrando valijas, corriendo entre la sabia de un océano de martirios. Soy el dolor que se cuela entre las risas más lindas, entrelazando sudarios para indivisos indóciles. Soy la tormenta que apaga las velas de los incrédulos que me persiguen y no se persignan. Soy el lamento de crujir de los dientes de los que se comen sus propios excrementos. Soy el olvido de un piélago de caprichos que fueron vendidos como castillos.

Vengo de un viaje sin reintegro, donde nunca se cumplen los sueños. Vengo a pasar la hoz para cortar las molleras que no estén bien apostadas. Vengo de un desplazamiento de tristezas por caminos de luz pisando con calzados de lluvia en un desierto de penas.

Prepara tu maleta por si te toca hacer un viaje por el camino de tu tristeza.

La Naturaleza de la Política

Juan Fernández | jbfdez@gmail.com

En la historia humana tenemos datos que registran nuestro comportamiento por casi cinco mil años. Los sumerios y su escritura cuneiforme, trazaron, en pequeños triángulos, datos impresionantes de esa región del Medio Oriente; desde actos de ventas, hasta reglas del comportamiento humano y las consecuencias de la desobediencia de las leyes, en el código de Hammurabi.  

Por siglos hemos entendido que lo opuesto a la guerra es la paz, y eso no es correcto, la guerra es una acción que elimina la paz, la paz es el resultado de las negociaciones, por eso, nuestra propuesta es que la paz o falta de la misma es el resultado de dos acciones opuestas; una, la negativa, la guerra, y la segunda, la positiva, las negociaciones. En otras palabras, lo opuesto a la guerra es la negociación.

La negociación es la esencia básica de la política, la RAE.ES la define, en su definición #11, “Arte o traza con que se conduce un asunto o se emplean los medios para alcanzar un fin determinado”. El fin de la política es, en su forma más elemental, el arte de negociar para crear la paz.

Muchas veces confundimos la política con el estado, o el gobierno, o los partidos, y en realidad la política es la actividad humana relacionada con el proceso de la toma de decisiones para el bienestar colectivo. No tenemos que ser parte del gobierno, ni el estado, ni partido político para ser políticos. Jesús fue un ente político, Gandhi, Mahoma, Madre Teresa y muchos otros entendieron que la estabilidad del pueblo está en la esfera política y accionaron para negociar dentro de este monstruo social.

En los cinco mil años de historia grabada, sólo hemos disfrutado de unos 240 años de paz en la tierra, 240 años sin alguna beligerancia en el mundo. Hoy, mayo 16, 2017, tenemos 67 países involucrados en guerras, más de 761 grupos de milicias/guerrillas/terroristas envueltos en conflictos bélicos, todos por manejos inapropiados de la ciencia de las políticas y/o diferencias religiosas (otra área fértil de la política moderna).

Cuando alguno de mis jóvenes en el programa de mentorías, o algún estudiante en mis clases de cómputos, me dice “…no quiero saber de la política…”, me sonrío, pues a partir de ese enunciado ya empezó su primer planteamiento político y el futuro de mi filosofía de la política social está asegurado. Mientras más nos quejamos de la política, más nos acercamos a ser un político apasionado. 

Yo no quiero saber nada de la política en las manos de personas irresponsables, por eso estoy en un partido político, el PLD, trabajo en un plan de gobierno y metas de mis líderes y soy activo en mi comunidad, pues lo que otros luchan por destruir, es lo que yo quiero preservar…LA PAZ.

¡Despierta!



¡Despierta!

Juan Fernández | jbfdez@gmail.com

Vivimos encerrado en pequeños inservibles cosmos, que construimos en globos minúsculos de cristal, algunos delicadamente armonizados, sin fallos, con flotantes moléculas plásticas de nieve blanca, nos entretiene para no sufrir cuando llegue el verdugo a batirnos bruscamente el diminuto iluso mundo, que concebimos como importante, sin ningún uso, se burla, el impío, de la ironía de nuestra soberbia, de vernos vivir una vida llena de espantos mudos, en una esfera transparente de ilusiones ciegas y fantasías absurdas que pensamos que son planes y no llevan a pesadillas, son estériles pensamientos de imaginaciones alucinantes e irrazonables.

¡Despierta! Que la esfera no aguanta más féculas
inútiles de holgazanes y ridículos pendencieros.

¡Despierta! Que tu semilla no va a germinar
en mundos de plástico, peróxido y cristal.

¡Despierta! Que afuera de la esfera te esperan.


¡Despierta, YA!

Su Pulso en Mi Vida

Juan Fernandez | jbfdez@gmail.com

La vida, sin muchos filtros, me descuartizó, lentamente, mientras armaba el rompecabezas de mi existencia, cortada en moldes raros, fragmentos blancos ausentes de bocetos, respiros sin guías, carentes de oxígeno y perseguidores de moléculas de hidrogeno escondidas.

Se tomó unos días, la vida, veintinueve exactamente, para retorcerme varias veces y exprimió de mí el néctar que había emanado por casi dieciocho mil días. Gotas de dolor escurridas en vetas señeras y pasajes de noches que no olvido. Alientos que fueron entrelazando en tejido fuertes mi familia, entre las paredes que resguardaban la galera.

Tomó el bagazo, la vida, que quedó de mi alma, botó la pulpa, creo que la consideró inútil, y, sin meditarlo mucho, puso las partes restantes en una horma nueva, me dijo; “Reinicia”, y me dejó allí, sentado, frente a su tumba. Su espíritu bailando canciones de planos que no escucho. Sonrisas en el aire que corre entre las fosas de mis ancestros.

Vivimos para reconstruirnos cada día, me dijo, la vida, varias veces, a través de los labios de mi madre, a veces por razones aisladas, otras para no dejarnos arrastrar por el olvido y los millones de fantasías de un mundo que no entiende. Almas que se pierden en la nada, momentos que enclaustramos en las cárcavas de un mundo frío, pero que nunca concebimos.

En su muerte, rápida y sin nada recóndito, he encontrado la vida, y en su corto despido, la fuerza de una guerrera, ella vive conmigo en esta pecera de almas que escudriñan el momento y se olvidan del destino.

Yo soy Juan Fernández, de los Coste de Pueblo Viejo, hijo de la Guerrera Annie Caro, en mi sangre vive su espíritu, y en mi aliento el corazón de mis ancestros. La vida me exprimirá varias veces más, estoy listo. ¡Ven, vida, aquí te espero!