Juan Fernández | Diciembre 11, 2016
Te sigo amando, reconcomio alegre,
como se aprecia un abrazo cálido
en las madrugadas más frías,
desconociendo los límites del todo,
con la simpleza pavorosa de la nada,
juzgando una vida de momentos eternos.
Te sigo amando, amor, arduamente,
con la ternura inocente de un niño,
como las rosas cultivan sus espinas,
por necesidad de vivir sin prejuicios,
por amar simplemente sin prohibiciones,
con la libertad que otorga la paz.
Te sigo amando, detenidamente, mi ser,
porque eres savia, que sabes colmar
el tallo de mi árbol con tus encantos,
porque sin tus hechizos endiablados,
amar pierde razón de ser, pierde sentido.
Te sigo amando, absolutamente, bondad,
porque mis sentimientos más profundos
han aprendido a correr tras el sabor embriagador
de cada uno de tus más escuetos besos.
Te sigo amando, simplemente porque respiro.
Cuento - Llegaste Tarde
Juan Fernández | Diciembre 10, 2016
Cuando Eduardo llegó al Nueve, las voladoras de “Moca por Dentro” ya estaban llenas. En la primera trataron de acomodarlo, pero fue imposible, en la segunda le ofreció pagarle el pasaje a una señora, si ella esperaba la próxima, y no pudo convencerla. Era un día especial para Eduardo, pero ni todos los dioses del Olimpo, ni todos los Ángeles del firmamento podían llevarlo a Pueblo Viejo a tiempo para poder cumplir con su compromiso.
Cuando estaban a punto de salir, como si Dios mismo hubiese escuchado sus oraciones, la señora lo llamó desde la ventanilla y le pidió $500 pesos para darle el asiento, con mucho dolor tomó un gran respiro y se los pagó, el viaje valía un millón. Diez minutos más tarde Eduardo iba sentado en el asiento del frente de la voladora que lo llevaría a la gloria.
A su lado iba una joven haitiana con una herida en la cabeza, parecía reciente y dolorosa, cuando pasaron por el Abanico del cruce de Constanza, ya le había contado la historia, eres la esposa del vigilante de la Ruinas, tenían años viviendo en Pueblo Viejo, Eduardo conocía al vigilante, un hombre de mucho respeto y un alma de Dios, ambos.
El resto del viaje pasó sin pena ni gloria, algún chistoso decía algo, pero al final el chofer le explicó;
- Es el WIFI que lo tiene callados, mire para atrás y se dará cuenta que no son pasajeros, son “zombies” cibernéticos, esclavos de los celulares, en esta voladora, antes, se podían escuchar las mejores conversaciones, los mejores chistes, es más, he escuchado aquí poemas que pueden competir con Neruda y Mir. – dijo el chofer, mientras se acomodaba la gorra.
Eduardo contaba con eso, con la tranquilidad, hoy, 10 de diciembre iba a dar un paso enorme en su vida, y lo último que necesitaba era un chofer distraído o un tipo celoso peleando con una mujer, o algo que pudiera interrumpir su viaje. Hoy tenía que llegar a tiempo y decir las cuatro palabras más importantes de su vida.
Cuando la voladora dobló a la derecha para entrar a la vieja carretera, el corazón se le detuvo, el tráfico estaba completamente detenido. El chofer sacó la cabeza para preguntarle a un policía que estaba pasando, y la respuesta dejo a Eduardo frío;
- Mire, lo voy a dejar pasar, pero quiero que me cierre las cortinas de la guagua, y los niños y personas delicadas deben bajar la cabeza, nadie puede ver para afuera…abra la puerta para yo entrar y cruzarlo hasta Pueblo Viejo, nadie puede abrir nada. – el policía medía más de 1.80 metros, y su uniforme parecía brillar. Cuando entró a la voladora, mandó a sentar al piche, se sentó en el suelo asustado.
- Arranque y no me pase de 5 a 6 kilómetros de velocidad, los de adelante, cierren los ojos, coño. – La voz del policía parecía un trueno y el silencio sacó fuerza y se empoderó de todos.
Eduardo no pudo evitar ver, la carretera parecía un campo de batalla, con teipi blanco habían marcado lo que parecían cuerpos y extremidades humanas, así como en las películas, en las posiciones que habían muerto, el marco que más le impresiono fue el que estaba encima de la virgen, sin cabeza. El chofer iba temblando.
- Comando, ¿y qué fue lo que pasó aquí? – dijo el chofer sin mover la cabeza.
- Cállese y siga, y no me levanten la cabeza los de aquí atrás. – dijo el policía molesto.
Limpiar la sangre del accidente de unos días atrás, había sido un imposible, todos pedían un poco de lluvia, pero como había llovido tanto en las últimas semanas, en el Cibao, se habían secado las nubes. Eduardo, por fin, llegó a su destino, pero pasar los 7 kilómetros de carretera había tomado más de una hora, y la razón de largo viaje, se había ido, lamentablemente, Eduardo llegó tarde.
- No Eduardo, lamentamos decirte que Mercedes se fue ahora mismo para el aeropuerto, con lo del accidente en la carretera, el tráfico ha sido un desastre y no podíamos arriesgarnos que la dejara el avión. – le dijo la hermana.
- Gracias, ¿y la doña está?, le traje un dulce de los que a ella le gustan, y la canquiña que le prometí le traería. – Eduardo se sentía triste, pero su corazón se iluminó cuando vio a la madre.
- Mi hijo, se te fue la muchacha, ella esperó lo más que pudo, pero llegaste tarde. – le dijo mientras se secaba la mano con el delantal y le daba un abrazo, – esa muchacha está enamorada de usted. Mire que ella me dijo que no le dijera nada, pero usted es un joven serio, y de buena familia, los Costes han sido muy buenos con nosotros, desde los tiempo de Billín y después Serafín. Coja y lea esto que ella le dejó.
Eduardo extendió su mano y tomó la carta, la abrió delante de la señora, quien le dijo que se sentara. La hermanita se le sentó al lado, pero la mamá la levantó por una oreja y se la llevó.
“Estimado amigo,
Has sido una inspiración en estos últimos meses. Si estás leyendo esta cara, llegaste tarde, pero no llegaste tarde a mi vida, ahí llegaste justo a tiempo. Eres todo lo que buscaba; un caballero y tu delicadeza para manejar tus sentimientos ha sido ejemplar. Aun cuando te había dicho que nunca pasaría nada entre nosotros, que ni gastaras tu tiempo, permaneciste firme, sin presionar. Te has convertido en amigo, y ahora que te conozco, no puedo negarte que fue un error no salir contigo.
Esta maestría sólo dura un año, y cuando regrese…¡Prepárate!
Tu…bueno eso veremos.
Mercedes”
Cerró la carta, se la colocó en el pecho, y cuando subió la cabeza se encontró con la mirada de la hermana, quien decía que si con la cabeza, dejándole saber que ellos sabían, todos, como Mercedes se sentía. Se despidió de todos, y se fue caminado solo por la vieja carretera, pensó en las largas e interminables horas que gastó frente al espejo lo que le iba a decir a su amor desde que la viera;
“¿Quieres ser mi novia?” - Simple y directo.
Llegó tarde para escuchar la respuesta, pero las almas hablan el lenguaje silente del amor, y allí, donde nacen los sentimientos, las palabras, muchas veces, sobran.
La luna lo acompañó el resto del camino y sus pasos dejaron el suelo, sus alas se desplegaron…y voló.
Poema - Música en Estupor
Juan Fernández | Diciembre 9, 2016
Cada nota métrica de la música de tus carnosos labios, me aniquila, como la obertura de una opereta de suspiros. Me conservas, casi inerte, el corazón, que rara vez palpita en tu presencia, como las estrofas del aturdimiento de cada uno de tus respiros de sonata. Así, como un solfeo, me levita y me lleva al orden de tus pechos.
Soy esclavo de tus pupilas divagantes, perdidas entre las plumas de un espasmo, naboría del tempo más ardientes de tus pensamientos, flotando en el trémulo de cada uno de tus orgasmos, como bemoles del piano de nuestras vidas, en las teclas de la melodía de tus notas fragmentadas sostenidas entre las cadencias del arpa de tus senos y la armonía que concentras en tus piernas.
Mantienes mi juicio en embotamiento, y me robas con tu canto la conciencia, soy el acorde que se pierde en tu guitarra, y la llama que se enciende entre tus cuerdas. Has oído mis lamentos en a cappella, y mis risas más recónditas en barítono, en unísono, eres música que se duerme en mi estupor y me despojas con el arco de tu vientre cada gota de clave de mi arpegio.
Dotada Remanente de Milagros, Facultada de Sol, Laurel de mis conquistas, Si, mi alma y mi espíritu eres en crescendo, la música interminable del universo de instrumentos que no existen. Eres luz y el brillo de mis días….tu amor en concierto de sentimiento.
Poema - Acta de Divorcio
Juan Fernández | Diciembre 8, 2016
Existen nubes grises y apagadas que nos queman,
llamas frías que consuelan los ánimos perdidos,
eslabones interminables de cadenas y condenas
sentenciadas por magistrados apáticos del descuido.
Lo que una vez fueron jazmines y pétalos de rosas,
sólo quedan las espinas, como dagas, sin pasiones,
tripas de los intestinos de la soledad y la indolencia,
instantes alegres caducados por la esencia de la vida.
Colores que paulatinamente pierden sus matices,
filtros en un mundo digital que carece de sentido,
fotografías de memorias que nunca se revelaran,
cámaras negras en el universo de una tempestad.
Espacios y palabras claustrofóbicamente disolutas,
que consumen el oxígeno del ataúd de los anhelos,
momentos inolvidables de crónicas que no nacieron,
senderos jamás construidos, adoquines del castigo.
Dos firmas que sellan el destino, un corazón dividido.
Existen nubes grises y apagadas que nos queman,
llamas frías que consuelan los ánimos perdidos,
eslabones interminables de cadenas y condenas
sentenciadas por magistrados apáticos del descuido.
Lo que una vez fueron jazmines y pétalos de rosas,
sólo quedan las espinas, como dagas, sin pasiones,
tripas de los intestinos de la soledad y la indolencia,
instantes alegres caducados por la esencia de la vida.
Colores que paulatinamente pierden sus matices,
filtros en un mundo digital que carece de sentido,
fotografías de memorias que nunca se revelaran,
cámaras negras en el universo de una tempestad.
Espacios y palabras claustrofóbicamente disolutas,
que consumen el oxígeno del ataúd de los anhelos,
momentos inolvidables de crónicas que no nacieron,
senderos jamás construidos, adoquines del castigo.
Dos firmas que sellan el destino, un corazón dividido.
Cuento - Reencuentro con el Primer Amor
Juan Fernández | Diciembre 7, 2016
Pasaban las 10:00pm cuando Ruth recibió el único mensaje de texto de su esposo en todo el día, hoy, miércoles diciembre 7 era su cumpleaños, y, como casi todos los días, se sentía sola.
“Felicidades, te veo mañana, mucho trabajo fuerte, cómprate algo que no pase de $1000 pesos.”
Ruth llevaba 20 años casada con Fabián, vivían en Pueblo Viejo, en La Vega, a unos pasos de las ruinas, le habían comprado un solar a los Malares y construyeron una casita, allí procrearon sus dos hijas. En los últimos siete años, después que Fabián empezó a trabajar para el BHD-León viajaba cada dos o tres días semanales, se quedaba y con los años simplemente no prestaba atención a su descuido.
Pensó que los rumores de las chismosas del pueblo no podían sacarla de su eje, sabía que Fabián era un excelente padre, y que no le era infiel, si fuera verdad que tenía otra familia en la Capital, se lo hubiese confesado, negaría cualquier cosa, pero no un hijo.
El horrible timbre de los mensajes de su celular la sacó del trance, leyó el mensaje, y como todos los años, de un número desconocido, le llegó un texto:
“Felicidades Ruth Angelina Coste Salazar. El tiempo no podrá, nunca, apagar el fuego del amor de primera vez, para lograrlo, tendría que detener las olas, dejar de crecer las flores, secar los rocíos. Para dejar de amarte, tendría que dejar de girar la luna, o calendar el sol, espero que hayas tenido el día maravilloso que yo pedí para ti, como todos los días. Bendiciones, siempre serás mi reina y yo siempre viviré esperando el día que pueda ser tu esclavo. – Yo”
Ruth sabía que era alguien de su colegio, nadie sabía su nombre completo, y mucho menos el de soltera. Cada año le llegaba un mensaje como este, la llenaba de ilusiones. Cerró sus ojos, respiró profundo, pensó en su primer amor y lo bello que se sintieron aquellos besos, aquellas caricias, aquel primer encuentro en el parque de Las trinitarias, y la noche eterna que vivió en Jarabacoa aquella semana santa. Pensó en contactarlo para ver si era él, le temblaban las manos, “tenía que ser él”, pensó.
Caminó despacio por la casa vacía, las niñas se habían ido a estudiar al extranjero, tocó con sus dedos cada mueble frío, cada jarrón inerte, cada cuadro sin vida. Pensó en los 20 años con Fabián, en el compromiso de su matrimonio, en sus responsabilidades, en su honra, en su pudor. Borró el mensaje, aun sintiendo el calor por todo el cuerpo del recuerdo.
- Quizás el año próximo, le respondo el mensaje, por el momento no habrá reencuentros con este primer amor misterioso. – Respiró profundo, lloró, sola y se durmió.
Poema - Amor Perdido
Juan Fernández | 12/6/2016
Cuando el amor verdadero nace,
nunca se pierde, no, sólo se esconde.
Se pierde, quizás, la expresión al otro
y nace el intento fallido del olvido,
pero no el amor, este, como todo vicio,
cual parásito de las emociones más primitivas,
se encalla en lo mas profundo del cerebro,
en el área más recóndita de la ínsula
en la corteza cerebral y el núcleo estriado,
sin dejar, como un insecto, de convertirse
en la plaga más dañina y embriagadora.
Una vez infectado, te pierdes tú,
pero, por mas que lo intestes, no el amor.
Si pierdes el amor completamente,
entonces nunca fue un sentir verdadero,
quizás fue algo similar, quizás parecido,
ya, hoy en día, como tontos, le llamamos amor
a cualquier sentimiento que se parezca,
pero el amor verdadero, como todo ser viviente,
se anida en nosotros, se agarra defendiendo su vida,
y nos da razones para...sentir y vivir sin límites,
pero el maldito, jamas, aunque lo intentes...pierde.
Cuando el amor verdadero nace,
nunca se pierde, no, sólo se esconde.
Se pierde, quizás, la expresión al otro
y nace el intento fallido del olvido,
pero no el amor, este, como todo vicio,
cual parásito de las emociones más primitivas,
se encalla en lo mas profundo del cerebro,
en el área más recóndita de la ínsula
en la corteza cerebral y el núcleo estriado,
sin dejar, como un insecto, de convertirse
en la plaga más dañina y embriagadora.
Una vez infectado, te pierdes tú,
pero, por mas que lo intestes, no el amor.
Si pierdes el amor completamente,
entonces nunca fue un sentir verdadero,
quizás fue algo similar, quizás parecido,
ya, hoy en día, como tontos, le llamamos amor
a cualquier sentimiento que se parezca,
pero el amor verdadero, como todo ser viviente,
se anida en nosotros, se agarra defendiendo su vida,
y nos da razones para...sentir y vivir sin límites,
pero el maldito, jamas, aunque lo intentes...pierde.
Poema - Amor a la Antigua
Juan Fernández | Diciembre 5, 2016
Entre sábanas
quemadas de ceda y pétalos de carmín, olvidados en la imaginación de los sueños
juveniles de una reina alegre caribeña hundida en el abismo, disimulada en el crepúsculo
negro de un te quiero, esperando, cabizbaja, a cada momento, con ansias y anhelo,
apeteciendo cada noche, entre disgustos y castigos, la promesa de felicidad, que
le decían sus progenitores, ineludiblemente, como palabra de cielo, sin dudas, llegaría.
Vegetando perpetuos
minutos brutos de eterna pesadilla, como si fuera un ensayo grosero de una
comedia divina, impeliendo pasiones transformas en mentales fantasías, de
sustituir la humillación, por una delicada, sutil, caricia, los impulsos y alaridos,
por conversaciones amenas, las demandas en las cortes y arrestos, por sencillos
poemas, y poder escuchar una canción romántica en silencio, en vez del silbido
contantes en los oídos por los golpes.
Imaginándose
un caballero elegante que le abra la puerta, viviendo los acosos, injusticias y
castigos de un proxeneta. Tratando de cerrar la vida en un poema sin muchas
letras, entre tatuajes de propietarios y maquillajes que disimulen. La realidad
no toma tregua.
Esperando
escuchar un día una serenata cantada al oído, entre insultos y ladridos, entre
escoria y mendigos del olvido. Soñando tomarse un café sentada en el borde del mutismo,
por voluntad propia, riendo entre miradas, no por castigo. Recibiendo un beso ardiente
con sabor a orgasmos, con los ojos cerrados, y no besos podridos, cedido por
bocas cementadas en letrinas.
La espera
de la promesa de un amor a la antigua que no llega, y de repente en su cuarto
sin luz, se abre la puerta…
Poema - Amor Incondicional
Juan Fernández | Diciembre 4, 2016
Un poco más allá de la espera,
donde miles de astros respiran,
como si fueran pequeños seres
de un universo de expectativas,
encuentras un sentimiento escondido
que crece en moléculas multiplicadas,
como si fuera una fábrica de rocío
de una mañana de silentes amores,
entre el calor de sudores y gemidos,
así, misterioso y tranquilo nace
el amor eterno sin condiciones.
La sabia y celada hipófisis lo arraiga,
como si fuera el mayor de los tesoros,
y en enormes porciones protervas,
como si fuera por un manantial,
destilado en millones de gotas,
nos tiende la alfombra más roja,
deslizándonos como hipnotizados,
oxitocina en la mano y en la otra la vida.
Nueve meses esperando una exclamación,
treinta largas horas de largos suspiros,
un minuto tocando la gloria en un esfuerzo,
un segundo eterno trayendo la vida.
El sentimiento nace en un dispensario
y termina cuando la muerte lo anida.
Eres tu madre la creadora
del único amor incondicional.
Un poco más allá de la espera,
donde miles de astros respiran,
como si fueran pequeños seres
de un universo de expectativas,
encuentras un sentimiento escondido
que crece en moléculas multiplicadas,
como si fuera una fábrica de rocío
de una mañana de silentes amores,
entre el calor de sudores y gemidos,
así, misterioso y tranquilo nace
el amor eterno sin condiciones.
La sabia y celada hipófisis lo arraiga,
como si fuera el mayor de los tesoros,
y en enormes porciones protervas,
como si fuera por un manantial,
destilado en millones de gotas,
nos tiende la alfombra más roja,
deslizándonos como hipnotizados,
oxitocina en la mano y en la otra la vida.
Nueve meses esperando una exclamación,
treinta largas horas de largos suspiros,
un minuto tocando la gloria en un esfuerzo,
un segundo eterno trayendo la vida.
El sentimiento nace en un dispensario
y termina cuando la muerte lo anida.
Eres tu madre la creadora
del único amor incondicional.
Cuento - La Soledad
Juan Fernández | 12/3/2016
Amanda fue, desde su nacimiento, una niña precoz; habló antes de cumplir el año, y cuando cumplió tres hablaba como un adulto, en inglés, español y creole. A los seis, Amanda descubrió el legado más especial del alcoholismo, un regalo que la vida le dio para crecer más fuerte, la soledad.
A los ocho años Amanda aprendió que su cuerpecito de apenas 60 libras y 4 pies de estatura, podía llevar a la cama una mujer de 150, en un estado, casi, de catalepsia. Como vivía sola con su madre, después de acostarla, sin importar la hora, quedaba sola hasta las doce del medio día siguiente.
El mes de diciembre era el peor, por cultura (o por vicio), su madre, que ya tenía años de soltera, gritaba la maldita frase de “Hoy se bebe”, desde el momento que abría sus ojos hasta que se dormía, flotando entre los brazos de Morfeo y el delírium trémens.
El 3 de diciembre del 2016 marcó la vida de Amanda de tal manera que contaría su historia con un antes y un después de este día. A sus 16, la niña era una experta en el desastre de vida de su progenitora. Su madre llegó temprano, era viernes, abrió la puerta de una patada y tiró la cartera sobre el sofá. En la mesa principal colocó un Brugal Añejo, para los lambones, un Extra Seco, para sus hermanas y primas, un Extra Añejo, para sus amigos y amiguitos, un Reserva XV para las diosas del salón, que tienen piquitos de oro, y un 1888 para su vecina, una reina haitiana que cuidaba a Amanda, la mujer más sabia e inteligente que conocía, y, por último, un Papá Andrés, que tenía guardado para ocasiones muy especial. “Y hoy coñazo, es un día de los más especiales”, murmuró apretando los labios y mojándolos con su lengua mientras sacaba la botella de la caja.
A las tres de la mañana se fueron las mujeres del salón, todas las botellas estaban vacías, incluyendo como diez más de Alicé y otros espíritus raros, excepto por el Papá Andrés que nadie podía tocar, al menos que quisieran encontrarse con el Creador. En la sala había humo de cigarros y hookahs, vómitos, de varios colores, orines, dos mexicanos tirados durmiendo en un rincón, una muchacha, semi desnuda dormía en la bañera, y su mamá abrazada del inodoro hablando con su ex.
Su nana, la haitiana, que no tomaba más de un trago, trato de llevársela a dormir con ella su casa, pero Amanda, aunque su casa parecía un campo de batalla, no podía dejar a su madre sola. Cuando la nana cerró la puerta, el aire voló una cortina que se pegó de una vela y se encendió, Amanda, que estaba sacando el pelo de su madre de los orines y vómitos del inodoro, escuchó cuando el palo de la cortina cayó al piso.
Corrió para encontrar su sala en llamas, los mexicanos, aunque tenían un pedazo de cortina encendido encima, aun dormían, a estos fue los primeros que salvó, con la botella de Papá Andrés rompió el cristal de una ventana y uno a uno los tiró por la escalera de emergencias, después entró a buscar a la chica de la bañera, por alguna razón su mamá se había movido al cuarto de dormir, que era el último en un pasillo, que en llamas, parecía la entrada del infierno.
Marcó el 911 desde su celular, mientras arrastraba a la joven por los cabellos, le despegó las extensiones, pero al final también rodó por la escalera, cuando viró para entrar al pasillo, en el fondo, veía a su madre hablando y gesticulando con los fantasmas de su imaginación creados por la bebida.
Amanda mojó una toalla y se envolvió la cabeza, salvó a su madre y a seis personas más que encontró en los cuartos. Cuando estaban en el hospital, hablando todos al mismo tiempo, la sala de espera parecía un gallinero, sentada desde una esquina, los escuchaba discutir y contar sus versiones fantásticas de cómo se pudieron salvaron.
En el ruido absoluto Amanda buscó, como siempre, el calor amigo del silencio, en su mente fue apagando cada sonido, cada carcajada, cada estupidez que emanaba de los labios de aquellos beodos. El “bip” de los electrónicos creaba un tono hipnótico que la sacó de ese abismo. Su madre sufrió quemaduras en todo el cuerpo, algunos de los invitados perdieron extremidades y se rompieron algunos huesos, pero todos sobrevivieron. Amanda cerró sus ojos y lloró. En una ciudad como Nueva York, con tantos millones de personas, de tantos países del planeta, la soledad es la norma, no la excepción.
“La soledad más impactante se siente estando en compañía”.
Cuento - Serenidad
Juan Fernández
Jean Claude llevaba años trabajando como guachiman en las ruinas de La Vega Vieja. Cuando llegó de Haití, los campesinos lo adoptaron casi como a un hijo del pueblo, y en pocos meses empezó a cuidar los viejos ladrillos de las ruinas.
Jean Claude llevaba años trabajando como guachiman en las ruinas de La Vega Vieja. Cuando llegó de Haití, los campesinos lo adoptaron casi como a un hijo del pueblo, y en pocos meses empezó a cuidar los viejos ladrillos de las ruinas.
A las 2:00am, cuando le tocaba hacer la “ronda larga” por las cien tareas del complejo, caminó con un paso energético y firme, esta vuelta le daba la oportunidad de ir a su casita a ver a su amada esposa, y darle un beso en la frente como todas las noches.
Al abrir la puerta de la humilde cabaña, encontró a su amada tirada en el piso, corrió a su lado, un grito casi se le sale de la garganta, cuando vio la sangre alrededor de su cabeza, pensó en ayudarla, pero mantuvo el control, recordó que le dijeron una vez, que los cuerpos no se pueden mover cuando uno no está seguro de lo que está pasando, dio la vuelta alrededor de la delgada mujer y notó que, aunque muy levemente, respiraba, marcó al cuartel de Cutupú para que lo ayudaran y en unos minutos llegó la ambulancia.
Cuando el chofer se desmontó del vehículo, Jean Claude lo escuchó decir; “Pero es un maldito haitiano el que llamó, por mí se pueden morir tó” – Jean Claude cerró los ojos y empuñó el puñal que llevaba en el cinto, apretó los dientes, pensó ensartarlo, como a un puerco, pero respiró profundo, por un instante se llenó de entereza y convicción, soltó el puñal y abrió la puerta. Con los años había aprendido la realidad de los dominicanos, hablan y maldicen, pero hacen lo que tienen que hacer, cuando lo tienen que hacer.
Los paramédicos le pusieron un cuello ortopédico a la mujer, y la trataron con la delicadeza de una reina, a él con el respeto de un rey, después de varias inspecciones de rigor y varios exámenes, le dijeron que su joven esposa se había roto el cuello en una caída después de un ataque de epilepsia, y que la sangre fue de una herida en la frente, que se salvaría, pero que si la hubiese movido un centímetro la hubiese matado.
Al salir del hospital, el joven haitiano caminó en silencio, su esposa estaba en buenas manos, en las de Dios, tenía que caminar nueve kilómetros para llevar a su casa, y lleno de serenidad respiró profundo, exhaló despacio y dio el primer paso. La nueva carretera brillaba resplandeciente bajo la luz de la luna llena, el pavimento parecía una hoja de ónix bajo el leve manto de una delicada y fina lluvia en una noche larga y fría de un diciembre imperecedero del año 2016. El segundo día del mes, desde Pueblo Viejo, a la distancia, se podía escuchar algunos ladridos, y se oían las voces del alma en paz de Jean Claude producidas, como magia, por el viento.
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