Juan Fernández | Diciembre 4, 2016
Un poco más allá de la espera,
donde miles de astros respiran,
como si fueran pequeños seres
de un universo de expectativas,
encuentras un sentimiento escondido
que crece en moléculas multiplicadas,
como si fuera una fábrica de rocío
de una mañana de silentes amores,
entre el calor de sudores y gemidos,
así, misterioso y tranquilo nace
el amor eterno sin condiciones.
La sabia y celada hipófisis lo arraiga,
como si fuera el mayor de los tesoros,
y en enormes porciones protervas,
como si fuera por un manantial,
destilado en millones de gotas,
nos tiende la alfombra más roja,
deslizándonos como hipnotizados,
oxitocina en la mano y en la otra la vida.
Nueve meses esperando una exclamación,
treinta largas horas de largos suspiros,
un minuto tocando la gloria en un esfuerzo,
un segundo eterno trayendo la vida.
El sentimiento nace en un dispensario
y termina cuando la muerte lo anida.
Eres tu madre la creadora
del único amor incondicional.
Cuento - La Soledad
Juan Fernández | 12/3/2016
Amanda fue, desde su nacimiento, una niña precoz; habló antes de cumplir el año, y cuando cumplió tres hablaba como un adulto, en inglés, español y creole. A los seis, Amanda descubrió el legado más especial del alcoholismo, un regalo que la vida le dio para crecer más fuerte, la soledad.
A los ocho años Amanda aprendió que su cuerpecito de apenas 60 libras y 4 pies de estatura, podía llevar a la cama una mujer de 150, en un estado, casi, de catalepsia. Como vivía sola con su madre, después de acostarla, sin importar la hora, quedaba sola hasta las doce del medio día siguiente.
El mes de diciembre era el peor, por cultura (o por vicio), su madre, que ya tenía años de soltera, gritaba la maldita frase de “Hoy se bebe”, desde el momento que abría sus ojos hasta que se dormía, flotando entre los brazos de Morfeo y el delírium trémens.
El 3 de diciembre del 2016 marcó la vida de Amanda de tal manera que contaría su historia con un antes y un después de este día. A sus 16, la niña era una experta en el desastre de vida de su progenitora. Su madre llegó temprano, era viernes, abrió la puerta de una patada y tiró la cartera sobre el sofá. En la mesa principal colocó un Brugal Añejo, para los lambones, un Extra Seco, para sus hermanas y primas, un Extra Añejo, para sus amigos y amiguitos, un Reserva XV para las diosas del salón, que tienen piquitos de oro, y un 1888 para su vecina, una reina haitiana que cuidaba a Amanda, la mujer más sabia e inteligente que conocía, y, por último, un Papá Andrés, que tenía guardado para ocasiones muy especial. “Y hoy coñazo, es un día de los más especiales”, murmuró apretando los labios y mojándolos con su lengua mientras sacaba la botella de la caja.
A las tres de la mañana se fueron las mujeres del salón, todas las botellas estaban vacías, incluyendo como diez más de Alicé y otros espíritus raros, excepto por el Papá Andrés que nadie podía tocar, al menos que quisieran encontrarse con el Creador. En la sala había humo de cigarros y hookahs, vómitos, de varios colores, orines, dos mexicanos tirados durmiendo en un rincón, una muchacha, semi desnuda dormía en la bañera, y su mamá abrazada del inodoro hablando con su ex.
Su nana, la haitiana, que no tomaba más de un trago, trato de llevársela a dormir con ella su casa, pero Amanda, aunque su casa parecía un campo de batalla, no podía dejar a su madre sola. Cuando la nana cerró la puerta, el aire voló una cortina que se pegó de una vela y se encendió, Amanda, que estaba sacando el pelo de su madre de los orines y vómitos del inodoro, escuchó cuando el palo de la cortina cayó al piso.
Corrió para encontrar su sala en llamas, los mexicanos, aunque tenían un pedazo de cortina encendido encima, aun dormían, a estos fue los primeros que salvó, con la botella de Papá Andrés rompió el cristal de una ventana y uno a uno los tiró por la escalera de emergencias, después entró a buscar a la chica de la bañera, por alguna razón su mamá se había movido al cuarto de dormir, que era el último en un pasillo, que en llamas, parecía la entrada del infierno.
Marcó el 911 desde su celular, mientras arrastraba a la joven por los cabellos, le despegó las extensiones, pero al final también rodó por la escalera, cuando viró para entrar al pasillo, en el fondo, veía a su madre hablando y gesticulando con los fantasmas de su imaginación creados por la bebida.
Amanda mojó una toalla y se envolvió la cabeza, salvó a su madre y a seis personas más que encontró en los cuartos. Cuando estaban en el hospital, hablando todos al mismo tiempo, la sala de espera parecía un gallinero, sentada desde una esquina, los escuchaba discutir y contar sus versiones fantásticas de cómo se pudieron salvaron.
En el ruido absoluto Amanda buscó, como siempre, el calor amigo del silencio, en su mente fue apagando cada sonido, cada carcajada, cada estupidez que emanaba de los labios de aquellos beodos. El “bip” de los electrónicos creaba un tono hipnótico que la sacó de ese abismo. Su madre sufrió quemaduras en todo el cuerpo, algunos de los invitados perdieron extremidades y se rompieron algunos huesos, pero todos sobrevivieron. Amanda cerró sus ojos y lloró. En una ciudad como Nueva York, con tantos millones de personas, de tantos países del planeta, la soledad es la norma, no la excepción.
“La soledad más impactante se siente estando en compañía”.
Cuento - Serenidad
Juan Fernández
Jean Claude llevaba años trabajando como guachiman en las ruinas de La Vega Vieja. Cuando llegó de Haití, los campesinos lo adoptaron casi como a un hijo del pueblo, y en pocos meses empezó a cuidar los viejos ladrillos de las ruinas.
Jean Claude llevaba años trabajando como guachiman en las ruinas de La Vega Vieja. Cuando llegó de Haití, los campesinos lo adoptaron casi como a un hijo del pueblo, y en pocos meses empezó a cuidar los viejos ladrillos de las ruinas.
A las 2:00am, cuando le tocaba hacer la “ronda larga” por las cien tareas del complejo, caminó con un paso energético y firme, esta vuelta le daba la oportunidad de ir a su casita a ver a su amada esposa, y darle un beso en la frente como todas las noches.
Al abrir la puerta de la humilde cabaña, encontró a su amada tirada en el piso, corrió a su lado, un grito casi se le sale de la garganta, cuando vio la sangre alrededor de su cabeza, pensó en ayudarla, pero mantuvo el control, recordó que le dijeron una vez, que los cuerpos no se pueden mover cuando uno no está seguro de lo que está pasando, dio la vuelta alrededor de la delgada mujer y notó que, aunque muy levemente, respiraba, marcó al cuartel de Cutupú para que lo ayudaran y en unos minutos llegó la ambulancia.
Cuando el chofer se desmontó del vehículo, Jean Claude lo escuchó decir; “Pero es un maldito haitiano el que llamó, por mí se pueden morir tó” – Jean Claude cerró los ojos y empuñó el puñal que llevaba en el cinto, apretó los dientes, pensó ensartarlo, como a un puerco, pero respiró profundo, por un instante se llenó de entereza y convicción, soltó el puñal y abrió la puerta. Con los años había aprendido la realidad de los dominicanos, hablan y maldicen, pero hacen lo que tienen que hacer, cuando lo tienen que hacer.
Los paramédicos le pusieron un cuello ortopédico a la mujer, y la trataron con la delicadeza de una reina, a él con el respeto de un rey, después de varias inspecciones de rigor y varios exámenes, le dijeron que su joven esposa se había roto el cuello en una caída después de un ataque de epilepsia, y que la sangre fue de una herida en la frente, que se salvaría, pero que si la hubiese movido un centímetro la hubiese matado.
Al salir del hospital, el joven haitiano caminó en silencio, su esposa estaba en buenas manos, en las de Dios, tenía que caminar nueve kilómetros para llevar a su casa, y lleno de serenidad respiró profundo, exhaló despacio y dio el primer paso. La nueva carretera brillaba resplandeciente bajo la luz de la luna llena, el pavimento parecía una hoja de ónix bajo el leve manto de una delicada y fina lluvia en una noche larga y fría de un diciembre imperecedero del año 2016. El segundo día del mes, desde Pueblo Viejo, a la distancia, se podía escuchar algunos ladridos, y se oían las voces del alma en paz de Jean Claude producidas, como magia, por el viento.
Cuento - Tolerancia
Juan Fernández
Amir entró despacio al funeral de su mejor amigo, Josh, el hijo único de dos granjeros del centro de los Estados Unidos, orgullosos republicanos; el padre, un veterano de la guerra del golfo, de unos 195 cm de estatura, y una mandíbula que podía usarse para trazar líneas; la madre, llena de pecas, con sus ojos tan azules que parecían de contacto. Sus 100 kilos estaban distribuidos a la perfección entre su enorme espalda, sus piernas, que parecían columnas, y unos brazos de luchadora olímpica.
Amir entró nervioso al amplio salón, sus pasos hacían eco en cada rincón, el silencio se podía cortar con una navaja. Notó que era la única persona de color entre más de 150 llorosos amigos y familiares. Entre los uniformados pudo ver al padre de Josh, estaba de pie, al lado izquierdo del ataúd de su hijo, la madre consolaba a las dos hermanas que lloraban sin parar.
Josh había muerto en un atentado terrorista en las calles de Nueva York, y en su último respiro le pidió que llamara a sus padres. Amir Al Hadin, había llegado del medio oriente a terminar su doctorado en bioquímica en la Universidad de Columbia, donde conoció a Josh.
Cuando pasó la primera fila de asientos, Amir redujo el paso, no sabía qué hacer, no sabía que decir, no quería estar allí, pero no tenía opción. Al verlo, el padre de Josh respiró profundo, se ajustó el arma y el cinturón, estaba tan erguido que Amir pensó que había crecido por lo menos 6 pulgadas. Cada pequeño paso que tomó hacia el ataúd fue correspondido por uno del padre, Amir vio hacia atrás y todos los militares estaban de pie, su sangre le corría fría en las venas, su turbante le calentaba la cabeza, pero no valía de nada, y su túnica blanca no servía de mucho.
Cuando se encontraron en el centro, a unos diez pies del féretro, Amir estaba frente al padre de Josh, pensó en la historia de David y Goliat, pero estaba seguro que la historia terminaría distinta. La madre tomó el primer paso, Amir sintió cuando el corazón se le detuvo...Gracias Alá por los días que me regalaste, pensó...cerró sus ojos y su alma se llenó de paz cuando sintió el cálido abrazo de ella, y la enorme mano del padre en su hombro le cubría media espalda. Las dos niñas lo abrazaban por la cintura y muchos de los familiares afirmaban mientras lloraban.
- Amir, gracias a ti Josh se fue de este mundo un hombre feliz. - dijo la madre. Fue cuando notó la bandera de arcoíris sobre su amado y entendió por qué Josh fue un hombre tan especial.
Cuento - La Suerte de Adrián
Juan Fernández | Noviembre 30, 2016
Adrián tomaba la misma voladora todos los días, desde Pueblo Viejo hasta la fábrica de la zona franca, en la entrada de Jarabacoa, se sentaba en la misma esquina, en “la cocina”, su vieja mochila entre las piernas, pero sin tocar el suelo, el café negro y caliente, en la mano izquierda y su celular, último modelo, en la derecha. Tenía esta rutina sincronizada a la perfección, todo fríamente calculado, para no llegarle tarde a los gringos, todo perfecto hasta la mañana del 30 de noviembre del 2016.
Al instante de sentarse, mientras revisaba los mensajes del grupo del colegio en su cuenta de Whatsapp, se deslizó y un esprín del sillón le rompió el pantalón, desde la parte interna de la pierna izquierda hasta la costura externa, fue un milagro que no le cortó pierna con todo. Mientras le reclamaba energéticamente al chófer, este se distrajo y casi atropella una niña frente al club, después del puente de Medranche, la pequeña dio dos pasos atrás para salvar su vida, y otra voladora, que venía de frente, la mató. Los libros que llevaba en la mochilita quedaron arrastrados en la carretera, junto a las extremidades de su dueña.
El grito de su vecina de asiento fue tan aterrador, que el chófer frenó repentinamente la guagua, el café caliente, y negro, de Adrián, tornó su pulcra camisa blanca en una de color tierra mojada, al pararse tan bruscamente, por las quemaduras en el pecho, se dio un fuerte golpe en la cabeza, la sangre le corría por las cienes, algunos gritaban, otros le decían al chófer que se fuera directo al hospital de La Vega.
“Deso va a tene que da mocho punto”, atino a decir, en voz baja, un haitiano que ni se había ni movido de su asiento. Otros le imploraban que se devolviera a la clínica de los Costes, que era más rápido. Pero la voladora había tomado vida propia, y muchos contaron después que podían oír una risa burlona saliendo del mofle del endemoniado carruaje del infierno.
En la confusión, Adrián perdió el control de su mano derecha, se sentía mareado, el olor a cobre de la sangre y el dolor le hizo cerrar sus ojos, y fue cuando vio su teléfono volar por los aires, como si hubiese cobrado vida propia.
Primero le cayó encima, de esquina, a una mujer que llevaba un niño en las piernas, se le rompió el cristal, justo cuando pasaban el Callejón de la Tusa. La mujer, al levantarse espantada, golpeó al pequeño que llevaba amamantando contra la cabeza de un calvo que estaba sentado más adelante, el niño empezó a llorar, histérico. El calvo, quien, a su vez, llevaba una caja de huevos y dos yautías en una bolsa plástica, fue a sobarse la cabeza, cuando una de las yautías salió volando por la ventana, le dio en la frente a un motoconchista, quien llevaba un anciano, este se rompió las piernas cuando el motor chocó contra un poste de luz y al anciano, su bastón se le enterró en el cuello .
La goma del frente del motor le dio a un pasolero en una pierna, quien colisionó contra un carro que venía de frente. Ambos, carro y pasola, cayeron destrozados en la cuneta, el chófer salió disparado por la ventana. La explosión hizo que todos saltaran de los asientos.
El apreciado celular de Adrián rodaba en el piso de la voladora, entre sangre, vómitos de niño y gritos, Adrián lo seguía con la vista, el ayudante del conductor, “el piche”, de paró sobre el fino y delicado aparato y se resbaló, como la puerta estaba abierta, lógicamente, y el chófer iba a exceso de velocidad, el cuerpo del ayudante fue a parar encima del santuario de la Virgen en el pie del Santo Cerro, una chancleta, aun en el pie, cayó en el frente del colmadón de la esquina y la otra, al cruzar la calle, en el patio de la escuela de Carreras de Palmas.
La otra yautía del calvo rodó lentamente desde su regazo hasta colocarse exactamente detrás del freno de la voladora, y justamente cuando estaban a punto de cruzar frente a la Capilla La Milagrosa, un grupo de niños salían agarrados de las manos, cantando villancicos navideños. Sus uniformes, pulcros, blancos y azul marino, como de ángeles terrenales, brillaban con el sol de la hermosa mañana, ¡parecían sacados de una revista!
La voladora iba a más de 100, los frenos no funcionaban. La yautía, poseída, se aguantaba del pedal de los frenos como para salvar su vida. Los ojos del chófer estaban a punto de brotarle de las cuencas, la voladora avanzaba en cámara lenta, uno a uno, los niños, Adrián podía ver cada carita, pararon de reír y se abrazaron haciendo un pequeño círculo en el medio de la carretera.
A unos 25 metros el chófer, como todo un James Bond, tiró del freno de emergencia, la nave patinó sobre un invisible eje, rotando 360 grados, dos veces, corrió unos 20 metros más, y cuando estaba a punto de matar a los chicos, Adrián cerró los ojos fuertemente, la señora que viajaba al lado del calvo llevaba los huevos de sombrero, pero también cerró sus ojos, y como si todos los ángeles guardianes hubiesen bajado del cielo, a tres pulgadas de la cara del primer niño la voladora se detuvo, los niños estaban estáticos, parecían estatuas.
En el ambiente se podían oler las quemadas gomas del vehículo, del bonete salía un humo negro, y agua caliente salía de motor, parecía que la voladora respiraba. El chófer había doblado la palanca del freno de emergencia y se había mordido los labios hasta sacarse sangre. El pasajero del asiento delantero aún no se había podido despegar del cristal, su cabeza iba clavada en él hasta los pómulos.
El haitiano, ileso y consiente, saltó por la ventana para socorrer al niño, que se le había deslizado de las manos a la madre y en el giro del vehículo había salido volando por la puerta. Gracias a Dios que cayó sobre un montón de basura. Luego, le dijeron a Adrián, que el fondo una botella rota se le había clavado en la espaldita y murió antes de llegar al hospital.
Adrián podía ver la destrucción que había dejado la voladora en el camino, fue lentamente caminando por la vieja carretera sabiendo que había sobrevivido una maldición. Cuando llegó al pie del Cerro, la estatua de la Virgen estaba totalmente ensangrentada, el cuerpo del piche aún estaba sobre el monumento, no tenía cabeza, era una escena de una película de horror. Al estrechar su vista hacia Pueblo Viejo podía ver decenas de cuerpos en la pista, carros en el badén, humo, llantos, algunos motores sobre rejas de las casas…respiró profundo, y levantó la vista para ver al Creador y darle las gracias, entonces sonó la alarma del celular.
Confundido, rápidamente, abrió sus ojos, sentada a su lado estaba su joven esposa con una taza de café, caliente y negro, sus lentes a media nariz, con una mira incrédula y una sonrisa sarcástica, que no decía nada y lo decía todo, levantó una ceja, apretó un poco los labios, sacudió su cabeza y le dio un beso en la frente, como todas las mañanas.
Adrián no había dicho palabra alguna en toda la mañana hasta que entró a la voladora, se sentó como todas las mañanas, y cuando sintió el esprín rompiéndole el pantalón…abrió los ojos.
FIN
Pensamiento: Te Vas, Pero Te Quedas
Juan Fernández
25 de Noviembre del 2016, 10:29pm
El viernes protervo más lóbrego, de todos los viernes malditos, fue el viernes pérfido y impúdico del 25 de noviembre del 2016.
Corría fría y tenebrosa la noche, como si fuese un pesado castigo, decorado con miles broches de lujo, un año absurdo de pérdida integral, de un siglo que va pasando sin decoro.
Entre las lluvias eternas de otoño, de un huracán de emociones perturbadas, nadando entre crisis y decisiones universales cuestionables, a las 10:29 de la noche, llovía la nube más pesada y en la tenebrosidad más oscura, liberó una vil batalla última, para ganarse, quizás, la tan deseada gloria, el postremo de líderes; el Comándate Fidel.
Con sus cenizas no mueren ni sus enormes ideas, ni metas, el despojo de su veterano cuerpo, finalmente cansado y abatido, no se lleva sus nobles pensamientos, ahora nos deja un nuevo reto, de seguir trillando, como él, la ruta que un día se convertirá en el camino que viajaremos para conseguir nuestra anhelada libertad.
Quien no es capaz de luchar por los demás, (yo acepto tu reto), no será capaz de luchar por sí mismo, dijiste y lo recordaremos.
Adiós Camarada Fidel, pronto nos vemos, tus pasos trazaron caminos sencillos con instrucciones perfectas, igual que yo otros te seguirán, aunque la gran mayoría continúen dormidos.
No fuimos creado con barro, ni elaborados con clara de huevos, ni somos blandos…Tu Cuba querida queda como un ejemplo, y cada uno de tus respiros como una guía de comportamiento.
Váyase en Paz Camarada Fidel, que la muerte no es el final, es el inicio.
Juan Fernández
Estudiante de la Vida
Alumno de Juan Bosch
Admirador de Fidel Castro
25 de Noviembre del 2016, 10:29pm
El viernes protervo más lóbrego, de todos los viernes malditos, fue el viernes pérfido y impúdico del 25 de noviembre del 2016.
Corría fría y tenebrosa la noche, como si fuese un pesado castigo, decorado con miles broches de lujo, un año absurdo de pérdida integral, de un siglo que va pasando sin decoro.
Entre las lluvias eternas de otoño, de un huracán de emociones perturbadas, nadando entre crisis y decisiones universales cuestionables, a las 10:29 de la noche, llovía la nube más pesada y en la tenebrosidad más oscura, liberó una vil batalla última, para ganarse, quizás, la tan deseada gloria, el postremo de líderes; el Comándate Fidel.
Con sus cenizas no mueren ni sus enormes ideas, ni metas, el despojo de su veterano cuerpo, finalmente cansado y abatido, no se lleva sus nobles pensamientos, ahora nos deja un nuevo reto, de seguir trillando, como él, la ruta que un día se convertirá en el camino que viajaremos para conseguir nuestra anhelada libertad.
Quien no es capaz de luchar por los demás, (yo acepto tu reto), no será capaz de luchar por sí mismo, dijiste y lo recordaremos.
Adiós Camarada Fidel, pronto nos vemos, tus pasos trazaron caminos sencillos con instrucciones perfectas, igual que yo otros te seguirán, aunque la gran mayoría continúen dormidos.
No fuimos creado con barro, ni elaborados con clara de huevos, ni somos blandos…Tu Cuba querida queda como un ejemplo, y cada uno de tus respiros como una guía de comportamiento.
Váyase en Paz Camarada Fidel, que la muerte no es el final, es el inicio.
Juan Fernández
Estudiante de la Vida
Alumno de Juan Bosch
Admirador de Fidel Castro
Poema: El Desierto de Tus Días
La vida se te escapa en camadas
arrastradas en la arena seca
de tus podridos alientos,
te pasas la eternidad jugando
a ser coqueta y causarte,
como masoquista,
miles de innecesarios castigos.
de tus podridos alientos,
te pasas la eternidad jugando
a ser coqueta y causarte,
como masoquista,
miles de innecesarios castigos.
Crees que controlas las facetas
del espejo que refleja tus vanos encantos,
pero pierdes la visión
y te enfocas de detalles sin sentido.
Caminas sin una meta,
y tu mapa carece de las guías
que te ayuden a llegar a tu destino.
Andas a la redonda
en el árido desierto de tus días.
del espejo que refleja tus vanos encantos,
pero pierdes la visión
y te enfocas de detalles sin sentido.
Caminas sin una meta,
y tu mapa carece de las guías
que te ayuden a llegar a tu destino.
Andas a la redonda
en el árido desierto de tus días.
Alinea tus velas con una causa
que te de razón para tus respiros,
deja que tu labor
sea tu tarjeta de presentación
y no las vainas que carecen de importancia
que tanto cuidas, como si se fueran contigo.
Que tu norte se ilumine
con la luz de tus acciones
y el brillo del sol de tus entregas.
que te de razón para tus respiros,
deja que tu labor
sea tu tarjeta de presentación
y no las vainas que carecen de importancia
que tanto cuidas, como si se fueran contigo.
Que tu norte se ilumine
con la luz de tus acciones
y el brillo del sol de tus entregas.
¡Ama, siente, vive!
Al final es lo único que te llevas contigo.
Pensamiento: Vuelo de Golondrinas
Caen diluvios,
como lágrimas de millones de ángeles y querubines, mientras, cuestionamos cada
gota de lluvia en las redes sociales, como si fuéramos dueños de algo y
ayudáramos a alguien con un teclado. La madre naturaleza hace ajustes de su
entorno, arrastrando todo a su paso, sin medir almas, ni pesar corazones. El
santo planeta no calcula, ni especula, los días de pensar en maldiciones de
dioses fueron superados hace cientos de años, y aun buscamos respuestas en los
cielos y las oraciones, oremos mientras hacemos.
Caen
tempestades de sueños perdidos, que se convierten en pesadillas de nuestros
jóvenes, esperanzas arrastradas por el agua en mi amado Cibao, hortaliza de mi
isla, mientras, muchísimos pernoctan el vuelo de las golondrinas, sus sábanas
cálidas sobres sus cuerpos repletos de golosinas. Ineptos incompetentes.
Despacio perece mi gente y muchos caminan dormidos, sonámbulos del espejismo de
sus vidas vacías.
Caen
manantiales celestiales sobre las espaldas de miles de madres hambrientas que
guarecen sus famélicos hijos, mientras, sus casuchas son consumidas, en las
noches más oscuras, por las aguas de un rio de llantos y lagunas de clamores y
lamentos. Mientras, miles sonríen, cantan y bailan en las esquinas de sus secas
y hermosas moradas, como si fueran bufones de la corte de un castillo
construido por las heces fecales de sus podridas emociones.
Yo no
puedo cambiar el mundo, lo sé, ni puedo detener las lluvias de La Niña, créeme
que lo he intentado, he tratado de conjurar ceremonias del pasado, como si
fuera un desequilibrado, para intimar detener los vientos, he colgado piedras
en mi alma, hasta peñones, y he danzado los ritos indígenas de mis ancestros.
Lo que sí puedo hacer es unirme a los esfuerzos de mis almas gemelas, portar un
granito pequeño de mis esfuerzos, cada gota de mi sudor, seca, cada caja en mi
espalda, construye, y cada dólar enviado, edifica esperanzas.
Únete,
entrégate, apoya. El Cibao Nos Necesita, ¡Hoy!
Poema: Alas de Recuerdos
Juan Fernández
Saltamos, como chicos retozones,
entre recuerdos, como si fueran folios
que levitan en la superficie resplandecientes
de la laguna de la aspiración de mil amores,
y nuestros sueños.
Buscamos, como insectos, disimulados,
como si fuéramos infantes traviesos,
jugando a reírnos entre flores de cerezos,
el amor elusivo, que corre entre siluetas.
Pernoctamos, rotando sin sentido,
arropados entre sabanas de nubes de esperanza,
que parecen copitos de algodón,
en un cielo de promesas engendradas en silencio,
palmas que se aprietan,
respiros que emponzoñan el momento.
Despertamos entre cálidas despedidas,
apaleados por millares de látigos de músculos cansados,
embriagados entre sueños y fantasías,
que nos miman, lentamente, como críos.
Botamos placeres dotados de hermosura,
como si tuviéramos excesos de ternuras,
o poseyéramos dotes de alas del olvido,
escondidos entre cientos
de espejos fulminantes de miradas y sonrisas.
Tú que me pierdes con la magia de tus besos,
y te duermes,
yo que me transformo
y me convierto en el aire que buscas día a día para el respiro.
Vivimos entre moléculas de delirios cargadas de luz,
que como esclavos nos imponen los amos
del circulo hermoso del afecto.
Los recuerdos son...el sudor de la vida.
Saltamos, como chicos retozones,
entre recuerdos, como si fueran folios
que levitan en la superficie resplandecientes
de la laguna de la aspiración de mil amores,
y nuestros sueños.
Buscamos, como insectos, disimulados,
como si fuéramos infantes traviesos,
jugando a reírnos entre flores de cerezos,
el amor elusivo, que corre entre siluetas.
Pernoctamos, rotando sin sentido,
arropados entre sabanas de nubes de esperanza,
que parecen copitos de algodón,
en un cielo de promesas engendradas en silencio,
palmas que se aprietan,
respiros que emponzoñan el momento.
Despertamos entre cálidas despedidas,
apaleados por millares de látigos de músculos cansados,
embriagados entre sueños y fantasías,
que nos miman, lentamente, como críos.
Botamos placeres dotados de hermosura,
como si tuviéramos excesos de ternuras,
o poseyéramos dotes de alas del olvido,
escondidos entre cientos
de espejos fulminantes de miradas y sonrisas.
Tú que me pierdes con la magia de tus besos,
y te duermes,
yo que me transformo
y me convierto en el aire que buscas día a día para el respiro.
Vivimos entre moléculas de delirios cargadas de luz,
que como esclavos nos imponen los amos
del circulo hermoso del afecto.
Los recuerdos son...el sudor de la vida.
Poema: Baila
por Juan Fernández
Recuérdame como un baile de amapolas,
colgando de un pensamiento,
guiado por el movimiento del viento entre tu pelo.
Recuérdame como las olas de un océano de sentimientos,
destilando malabares de gotas alcoholizadas
por cada uno de tus besos.
Recuérdame, por un segundo, como la bachata de la vida,
con pasos de agigantados de luz y vueltas
entre las nubes del cielo de tus sonrisas.
Y así, como el viento en tiempo de bolero,
recogeré cada uno de nuestros momentos
para convertirlos en la danza eterna
de las memorias rítmicas
de una vida repleta de vivencias inolvidables.
Tú, que revolteas tu falda para decirme que recuerdas,
yo, que me quito el sombrero para en un giro del merengue de mi tierra,
decirte que soy tu esclavo y que siempre, te recuerdo
en el tango que no duerme de la vida.
Recuérdame y baila.
Recuérdame como un baile de amapolas,
colgando de un pensamiento,
guiado por el movimiento del viento entre tu pelo.
Recuérdame como las olas de un océano de sentimientos,
destilando malabares de gotas alcoholizadas
por cada uno de tus besos.
Recuérdame, por un segundo, como la bachata de la vida,
con pasos de agigantados de luz y vueltas
entre las nubes del cielo de tus sonrisas.
Y así, como el viento en tiempo de bolero,
recogeré cada uno de nuestros momentos
para convertirlos en la danza eterna
de las memorias rítmicas
de una vida repleta de vivencias inolvidables.
Tú, que revolteas tu falda para decirme que recuerdas,
yo, que me quito el sombrero para en un giro del merengue de mi tierra,
decirte que soy tu esclavo y que siempre, te recuerdo
en el tango que no duerme de la vida.
Recuérdame y baila.
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